
CARTUCHOS DE HARINA
No, ni los más protervos oficialistas (ni los fachos) imaginarían ahora y aquí, por ejemplo, hacerle algo como el título de esta columna a un jesuita. Menos por las filípicas que Albó se despachó a los “taitas” del MAS, cual obispo medieval aunque sin mitra ni indumentaria.
No hay que ser muy dotado para inferir por qué el Silala resucita justo ahora, pero me sabe a cliché reducirlo a la urgencia del MAS de ahuyentar los oprobios que devela el “Zapatismo” local. El Silala también muestra cómo Evo ve a Chile hoy.
Después del 23 de marzo, Evo habló –ufano– del posible retiro chileno del Pacto de Bogotá, casi anticipando (jorobándome) una de las hipótesis de este artículo. Como su amigo Insulza descartó una negociación (¡ya!), el Gobierno sondea en el Silala un “éxito” magro.
Me detuve en nuestros liberales por un añejo folleto que me llegó: Convención liberal de 1938, con discurso de su jefe, Alcides Arguedas, honrando el “respeto a las opiniones, respeto a la libertad”, y condenando “las (revoluciones) que verifica la autoridad contra las instituciones, que denominamos tiranías.” Las mismitas frases de los liberales hoy. Y pensé que al liberalismo nacional le falta un programa afirmativo, que esboce lo que hay por hacer, no solo lo que no debe hacerse (“no hostigar a la prensa; no espantar inversiones”).
E l melodrama está muy a gusto instalado en nuestra política. Nada se concibe –por ejemplo en el Gobierno– sin pensar en una audiencia impresionable o en la forzada presencia de ánimo del galán de la novela, sea el Presidente u otro el intérprete de turno. Todos van pendientes del golpe emotivo, de la sinuosidad de la trama y del inminente desenlace de cada capítulo, al final inocuo. El melodrama devora a la política, como Percy Fernández da fin a una marraqueta.

