
CARTUCHOS DE HARINA
Al borde de echarme de panza y abandonar por unas semanas esta columna, resolví no abrumar hoy a mis cuatro lectores. Ya resisten bastante la gastritis política crónica de augurios, ceños y gestos estudiados para impresionar a la posteridad. Al grado que, en vez de segundo aguinaldo, vendría bien un decreto de producción anual forzosa de unos gramitos de realismo y humildad en la arena pública, prohibiendo el abundante autoelogio.
A lo mejor soy un ingenuo redomado, crédulo del hado propicio, pero me es imposible compartir la “tuca” y el énfasis de quienes anuncian, maniacodepresivos, que Bolivia será una nueva Cuba o la segunda Venezuela por culpa de esos obsecuentes vocales electorales. Visto sin tanta hipertensión, el MAS porfía en la ruta de negar, atizar y evadir el descontento con su afán reeleccionista.
A fines del siglo XIX, los conservadores bolivianos llamaban “macaquismo” a la supuesta afición de los liberales de “monear” irreflexivamente las poses y disputas del primer mundo. Especialmente las de París, de las que todos recibían noticias rezagadas, salvo por algún viajero suertudo. A los conservadores los movía también el temor a los tiempos y un apego interesado a ciertas tradiciones, no todas las cuales merecían ese celo.
Francis Fukuyama, el autor de “El fin de la historia y el último hombre” (de hace casi 30 años), acaba de lanzar su libro “Identidad. La demanda por dignidad y las políticas del resentimiento”. Éste contiene una propuesta hasta para los que no paran de reír de aquel anuncio suyo del carácter definitivo del orden liberal, siguiendo las tesis de Kojève en una interpretación de Hegel.
La movida estos días ha sido declamar encendidas y cinematográficas lecciones de valentía por la renuncia de Katia Uriona, expresidenta del Tribunal Supremo Electoral. La vaina (para mí) es que no he logrado dejarme adoctrinar –del todo, dada su persistencia– por esos pontificadores repasos del ideal de la servidora electoral inmaculada; todos dirigidos a crucificar la decisión de esa exautoridad, sospechosamente contagiados del tono implícito de: “Yo (subrayado), a diferencia de ella, hubiera sido una heroína”.
El 10 de octubre se festejaron a todo trapo ideas discordantes de la democracia. El MAS la suya, es decir un principado peronista y antiliberal de mayorías (mientras lo son, claro), basado en las simplonas arengas del Presidente; y la oposición la suya: liberal de prosapia y –con algunas excepciones– con un aroma histórico simplificador, como un antiguo manual de Derecho Político I.
A sus 90 años, el director de la ANF, el jesuita José Gramunt S.J., es citado a denuncia de un ministerio contra tres medios de prensa. Fan de la psicodelia, el denunciante aduce que los medios distorsionaron un discurso presidencial sobre la alegada flojera de los orientales. Fue un naufragio oral que pudo remediarse con la simple contrición del Presidente, pero no.

