
CARTUCHOS DE HARINA
Lejos de clamar por una guerra civil, sería más realista que, como el presidente Lyndon Johnson, declaráramos de una vez la guerra, pero no a la pobreza como Johnson, sino a nuestros vicios, complejos y peloteras. Podríamos admitir luego la derrota, al tiro, solemnemente, y firmar la rendición incondicional. Así, con sentido práctico, lograríamos el fin de toda revuelta boliviana: el statu quo, por otros medios.
A diferencia de los rectísimos intelectuales de pedigrí que son la voz de Evo en el mundo, mi escala de valores es retorcida y medieval. Por el lado retorcido, me horrorizan los muertos, pero sin exculpar a Evo de su responsabilidad mayor en este trance. Por el lado medieval, la Biblia sola no me inquieta, pero sí los cánticos polpotianos de “guerra civil”.
Esta semana el Gobierno derrochó llamados a la paz, como si la violencia fuera fruto solo de mentes infernales que se desatan en su contra. Por eso preferí incidir aquí en el odioso hábito de atender más las acciones y la lógica que revelan, que las palabras.
La trama de esta columna me llegó como una epifanía porque los palcos en la discusión pública están atestados, ni qué decir en las redes. Un palco va colmado por los que bailan o callan para solazar o, siquiera, para no agriar al jefazo; el otro, por titanes cuya gloria quedará en fotos para la historia. Y puesto que por el heroísmo compiten tantos, mi consuelo fue escribir desde una silla, pero propia, en días en los que abundan la gasolina y las mechas.
Es una paradoja que estos días la principal y ajustada competencia electoral enfrente al Movimiento al Socialismo (MAS) y a una alianza cuyo partido central es el Frente Revolucionario de Izquierda (FRI). El primero, una suerte de peronismo boliviano o de neomovimientismo (por el MNR original), y el segundo, una organización de linaje maoísta. Cualquiera diría que la salud de la izquierda marxista está intacta, justo cuando ya nadie busca votos prometiendo el socialismo.
En vez de hacerse el del otro viernes, el pasado martes el Presidente huyó hacia adelante y pidió en la ONU que se cumpla el fallo del Tribunal de la Haya dictado hace un año en el litigio con Chile. Lo hizo citando a gusto algunos de sus párrafos, no todos.
En este periodo electoral, cuando el nuevo Zar ve menguadas sus fuerzas como en las recientes elecciones en Moscú, este columnista se entrega jubiloso a diseccionarlo. Y que no se me malinterprete. Esta columna no busca, solapadamente y como quien habla de Rusia, que usted piense también en los imitadores baratos de Putin. Eso jamás.
El día que murió Jenaro Flores, líder del katarismo y de la confederación campesina en los años 70 y 80, el portal Jichha recordó una presunta respuesta suya, de las que aclaran para siempre fronteras y roles. Si no es auténtica, merece serlo, aunque deje –tal vez abusivamente– malparado al “maestro” Lechín. Esa respuesta es una representación casi notarial de las funciones que (también) la izquierda reservaba para el indio, en un diálogo que explica al pelo el porqué del indianismo y el katarismo.
Como ya tengo edad para rumiar más el pasado que el presente, recuerdo cuando Banzer dejó el poder a su vice, Tuto Quiroga, en 2001. El mundo oportunista vio provisoriamente en Tuto el sol naciente, como después lo vio en Evo, con fortuna más longeva (perdonen la digresión; a ratos me pierdo entre el hoy y el ayer).
En el jugoso último programa televisivo El Pentágono, dirigido por Mario Espinoza y del que me chaché (con licencia), que los curiosos pueden ver en YouTube, el experto en hidrocarburos Mauricio Medinaceli lanzó ácidas preguntas al ecologismo.

