
CARTUCHOS DE HARINA
Puede sonar pecaminoso, pero la muerte del teólogo suizo Hans Küng me salvó de escribir de las disputas nacionales y sus engolados actores. Y no fue por el renombre de aquel influyente disidente católico, némesis mediático de Joseph Ratzinger (amamos mucho esas caricaturas de un héroe contra un villano, cuando la realidad es más bien polifónica), sino porque su partida a los 93 años me hizo retomar sus memorias.
Álvaro García Linera e Íñigo Errejón escribieron el ensayo Qué horizonte: Hegemonía, Estado y revolución democrática, publicado en diciembre de 2019. El título pudo ser más rimbombante, pero los autores sintieron en un punto una admirable modestia que los contuvo.
No me interesa el libro sino su prólogo. Es de don José Luis Villacañas Berlanga, filósofo seguramente estudiado, con un nombre colorido (de personaje de una odisea etílica, si me permiten la incorrección).
Mi papá es de la edad de Mick Jagger. Es de buen ajayu, pero no se contorsiona como el líder de los Stones ni toma clases de kick-boxing. Londres ofrece esa opción, no Huajchilla, donde mi padre vive. Lo digo sanamente; no vaya uno a herir alguna sensibilidad a flor de piel de esa localidad.
Ninguna relación de vecindad da para beatificar a nadie. Al punto que bien se podría parafrasear el desencanto derivado de otro tipo de relaciones. En materias de barrio, se diría: nadie es un personaje ejemplar para su vecino.
El hechizo de la guitarra de don Luis Arce no logró, no obstante, conquistar mi destemplado y receloso oído. Empero, haciendo de la necesidad virtud, pensé en el sentido común popular que eligió a este Arce (que no es el de la avenida) en lugar de a Carlos Mesa, el “Pico de oro” hasta una fase previa a la actual (hace unos 100 años, otro político, Domingo Ramírez, merecía ese apodo por su oratoria).
Veo el documental Los días azules, sobre Antonio Machado. Citan el verso: “en los labios niños, las canciones llevan confusa la historia y clara la pena”. Me viene bien, pues no tengo clara la historia de esta columna, pero sí el sentimiento.
Como el que me produjo una entrevista de La Razón al ídolo de mi infancia, el arquero stronguista Luis Galarza. Maradona no me caía, pero 10 días antes de su muerte, a mis ojos, Galarza le devolvió una ración de grandeza en una evocación casual.
En crisis, los países recurren a su menú de tradiciones. Entre las nuestras, se encuentran por ejemplo los arreglos parlamentarios cuando el presidencialismo imperial fracasa o esa otra, en boga estos días, de convocar a notables ante las impotencias de la política.
Ha sido llamativo que en el Gobierno y en la oposición no chirriara el uso de la palabra “notables”, cuando el país aún vive los ecos de una ola igualitaria. La tradición de los notables ha resultado así tan potente como esa ola, al punto que hubo críticas solo marginalmente.
Entra casi en el ámbito de las curiosidades que la polémica por la cuestión marítima resurgiera este año en Chile, cuando en las elecciones aquí no fue tema ni por asomo. Los actores de ese debate en Santiago no fueron irrelevantes. Y en Bolivia se hizo mutis por el foro; las principales candidaturas no se animaron a buscar votos repasando el revés de La Haya.
Este domingo se insinuará la mirada global del presidente Arce en su discurso, aunque actores del mundo y del barrio ya le hacen señas. Para dolor de los que no lo aceptan aquí, ninguno de esos actores expresa la más mísera duda del triunfo de Arce.
Vendrán, por ejemplo, el rey de España con el vice Pablo Iglesias (viejo conocido y consultor de la casa) de chaperón ideológico, como emisarios de Europa. Francia (sí, Macron) y España apostaron al MAS este año.
Aunque, como decía Shaw, “aprendemos de la experiencia que los humanos nunca aprenden nada de la experiencia”, las elecciones dejan algunas conclusiones. Por ejemplo, que la política es también un oficio, como ser doctora, astronauta, estríper o abogado. Por eso, salvo excepciones, son los toreros de carrera, los políticos, los aptos para sus torerías y faenas. Incluso, visto con pesimismo callejero, una de las magras ventajas de la democracia representativa es dejarles la arena (y a veces la bosta) a los toreros, aunque renten de eso.

