
ERRAR ES HUMANO
Romelia Aporre nunca había entendido la lógica del poder, para ella criticar un tiempo pasado, cuando en el fondo seguían gobernando los de siempre, era poco menos que una contradicción.
Cuando Evaristo Panfleto se percató que su espinazo se erizaba de modo inusual, no pudo identificar la causa y razón de tamaña impresión. Peor fue cuando, entre la asfixia y la desazón, elevó el rostro sólo para palidecer escuchando la larga cadena de acusaciones que se vertían sobre algún político que sobrellevaba su mala hora.
Mucho le costaría sobreponerse a semejante inestabilidad, porque aquella mezcla de miedo y ansiedad, le provocó una náusea más similar al asco que al mero estremecimiento.
La forma y fondo de aquella afirmación, era de todo, menos cierta. Pensar que el país iba viento en popa era, a lo menos, una tergiversación de una realidad que se desangraba por la falta de dólares, las amenazas de bloqueos y la excesiva politización.
Lo sabía todo el mundo, lo veían los ciudadanos de a pie que miraban impávidos cómo las calles se volvían mercados y las esquinas circos de miserables que hacían de todo por una moneda, ¿Cómo era que el presidente no lo notaba?
So sabían los justos y lo suponían los injustos, lo habían vivido los humildes y lo supieron saborear los poderosos, e incluso lo respiraban a diario los litigantes y lo sufrían los abogados: el sistema estaba podrido.
Lo triste era que no se trataba de cualquier sistema, en entredicho estaba nada más y nada menos que el sistema judicial, el garante del sistema de pesos y contrapesos que evitaba la acumulación del poder y que fue fruto de la genialidad de un francés, que allá por el siglo XVIII, supo idear las bases del Estado moderno.
Sin inmutarse por lo que decía, Rafamir Topacio acertó en cada palabra:
—El problema no es el dólar—indicó—, el problema es nuestra moneda, que no vale nada.
Tenía razón, desde aquel mes fatídico en que empezó a escasear el billete del norte, la cosa se hizo más difícil.
El economista aquel, que en su momento supo sostener a duras penas la empresa que en algún momento soñaron sus padres, veía un panorama sombrío.
Más con aire de beato, que con la soberbia de quien alguna vez hizo y deshizo lo que le vino en gana, el antiguo mandamás afirmó que la matanza en el hotel aquel no fue cosa suya, sino trastada y barrabasada de quien otrora fuera su segundo al mando.
Aquel retumbe de estruendo, similar, aunque no igual, al bombo de cualquier fiesta patronal, no era otra cosa más que su propio corazón palpitando a lo loco.
Le vibraba el pecho incesante al ritmo frenético impuesto por aquel duelo de gigantes, sudaba a la par de quienes, más abajo, corrían tras una pelota que les permitía ganar millones.
Recibió aquella amenaza como quien recibe a un viejo amigo, con la nostalgia de saber que, en aquellas frases cargadas de odio y rencor, había más de la misma porquería a la que aquel hombre la tenía acostumbrada.
—No te bastaron los 14 años en los que nos tuviste jodidos —le dijo a un viejo letrero en el que aparecía el rostro cuadrado del antiguo mandamás.
Devorada, más que picada, Romina Malecón se enfrentó con decisión al enjambre de mosquitos que la consumían de pies a cabeza.
Aquel mes de marzo de calor intenso y aguaceros exagerados marcaba el ritmo de unas noches incómodas plagadas de la concertina de mala muerte que producían aquellos insectos de porquería.
El instante en que Rulo Cataplasma se dio cuenta de que tenía más mal el sur que el norte fue un instante ensordecedor, no por el grito cargado de disparates que tiró a sus paredes de adobe, pero sí porque supo que la madurez le había llegado de golpe.

