
ERRAR ES HUMANO
Servando Zangotolina tuvo un encontrón con la lógica el día que se enteró que el país se derrumbaba por unas tunas. Fue en enero del año del bicentenario, llovía en varios lugares y las filas para la gasolina eran interminables; faltaban los dólares, lo mismo que subía el precio de todo y cada dos por tres alguien gritaba: ¡Catacora!, en alusión directa a la pésima gestión del presidente.
Aquel diciembre sofocante se llevaron adelante unas elecciones k’aimas, convocadas por unas autoridades truchas y respaldadas por unos políticos sin dignidad. No era la primera vez que Nardo era azotada por las malas decisiones, desde que el coronel Vicuña había dejado de mandar en aquel sitio alejado de la protección de Dios, mucha gente había hecho y deshecho a su gusto y paciencia.
“La política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular”, afirmaba Edmond Thiaudière, escritor y filósofo francés que, en una simple frase, resume una de las opiniones más generalizadas respecto de uno de los oficios más controvertidos del mundo.
Puede tratarse de un gobierno cualquiera en el corazón del continente más atormentado o de un poder supremo en el seno de una potencia mundial, lo cierto es que, tanto en uno como en el otro, el rol de los políticos está en el ojo de la tormenta.
Seguramente más de uno de ustedes recordará al Evo Morales que ganó su primera elección en 2005, un hombre de tez morena que con el mismo suéter visitó al rey de España y paseó gran parte de Europa, un personaje que parecía cumplir el “sueño boliviano”, sueño que con el tiempo se convirtió en pesadilla.
Mi padre siempre me aclaró que existen tres tipos de mentiras: las grandes, las pequeñas y las estadísticas; también me explicó que para muestra basta un botón, y un día yo me di cuenta que tristemente Bolivia era un país que solía tener varias mentiras que abotonar.
Afirmaba Nicolás Maquiavelo que “la política no tiene relación con la moral”; la frase, dictada en otro tiempo y bajo distintas circunstancias, reflejaba de modo contundente la doble moral de los políticos y la hipocresía de un sistema que permitía el germinar de la corrupción y la maldad: la democracia.
El griego Esopo escribió esta conocida fábula en la llamada Época Clásica, tiempo comprendido entre la revuelta de Jonia y el reinado de Alejandro Magno, vale decir cinco o cuatro siglos antes de Cristo. Por aquel entonces, Esopo no imaginó que aquel imaginativo relato podría ser útil para analizar algo tan complejo como la economía y el destino de un país.
Sin embargo, aquí estamos, pensando quién es hoy en día la gallina de los huevos de oro y haciendo uso de la famosa fábula para entenderlo.
Afirmaba René Descartes que “es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez”, y tenía razón, pues a día de hoy, a más de 374 años de la muerte del conocido filósofo y matemático, las poblaciones de la mayoría de los países del mundo no se fían de la gestión y de los datos que les brindan sus gobiernos. Este nivel de desconfianza varía, por supuesto, de nación en nación, y no es lo mismo lo que pasa en el primer mundo que lo que acontece en el tercero, pero tanto lo uno como lo otro es muestra suficiente que de los políticos nadie se fía.
En 2007, el entonces presidente de Bolivia Evo Morales afirmaba que su país llegaría a ser la Suiza de Los Andes. Por aquel entonces, el comentario general del eje bolivariano era que la poca inflación y el crecimiento del país altiplánico constituía un ejemplo a seguir, y era la prueba tangible de que su “modelo” de progreso era algo cierto y confiable.
Hoy, aquel “modelo” se derrumba por las inexorables leyes de la economía y por el inevitable peso de la realidad.
Trescientos años antes de Cristo, Platón criticaba a las instituciones democráticas y planteaba un estado ideal que debía ser dirigido por los filósofos-reyes, quienes habían cultivado su mente de un modo tal que podían comprender las ideas, por ende, podían tomar las decisiones más sabias. Por el otro lado, la masa social era considerada ignorante y por ello no podía gobernar, dado que lo que decida adolecería de la falta de sabiduría propia del pueblo. Por eso ellos no podían mandar en un estado ideal.

