
ERRAR ES HUMANO
Rufina Portoreño no hubiese podido evitar la sonrisa sincera que se le dibujó en el rostro.
—Dios me perdone —alcanzó a decir mientras se persignaba.
Dentro de ella, un sentido de justicia echaba raíces y germinaba en una alegría contenida en muchos años de impotencia. La razón era simple: el otrora mandamás de la Central Obrera caía preso.
Dictando la cátedra de Teorías del Estado, afirmé en cierta ocasión que lo más complejo de un régimen socialista, era lo que venía después.
Es esta una de las diferencias notorias entre los regímenes de izquierda y los de derecha, porque en común pueden tener varias falencias que van desde los atentados a ciertas libertades hasta sobrepasar por alto distintos tipos de políticas.
Lo había predicho su abuela y se lo ratificó su padre: “no hay político bueno”.
Para aquel entonces, Saturnina Palenque Vda. de Soliz ya sumaba cuatro semanas sin dormir bien. La vieja casona de su familia le parecía sofocante, los pilares que sostenían unos pisos superiores que se desmoronaban bajo el peso del tiempo le semejaban gigantescas patas de un elefante que, de tan viejo, ya no daba ni para atrás ni para adelante. El único lugar que le gustaba era su patio interior, un jardín venido a menos que era más añoranza que realidad.
Mercedes Barraqueta y Marino Pelayo eran un matrimonio de años que acababa de disfrutar del reloj del carrillón del Edificio Plus Ultra, en inmediaciones de la Plaza de las Cortes, cuando, movidos por quién sabe qué impulso, decidieron afincarse en un coqueto restaurante cuyas paredes estaban plagadas de peinetas españolas.
A punto de pedir una bebida y de disfrutar una deliciosa comida, tocaron un tema que estaba en boga y en la boca de todos: la inteligencia artificial.
Ramón Carnero lo supo en el instante que escuchó los petardos del bicentenario de la independencia. El estruendo, que despertó a medio pueblo, le trajo también un insomnio no deseado que le recordó que noche antes había rememorado el nombre, oficio y relevancia, de la primera matriarca de su familia.
Concepción Recamo nunca sabría si aquel día tuvo un espasmo mal disimulado, una interpretación mediocre del destino o una desazón de la memoria. Para aquella altura del año, la vieja profesora ya estaba convencida que debería de cambiar sus hábitos más básicos para sobrevivir, porque con los precios de las servilletas, el papel higiénico y el aceite, estaba segura de que a partir de ahora era urgente y necesario limpiarse la boca con las hojas de las plantas, limpiarse la cola con el pasto del jardín y cocinar con grasa de camión.
Después de más de una década enseñando ética, he comprendido que la conducta humana —compleja y cambiante— se mueve entre lo relativo y lo circunstancial. Sin embargo, hay un terreno donde la decepción parece constante: la política. No importa la latitud ni la ideología. Políticos de izquierda y derecha, en democracias o regímenes autoritarios, tienden a repetir los mismos vicios: el abuso de poder, el desprecio por lo técnico, la traición al voto ciudadano.
Aquella mañana, Ofelia Orcajo despertó embadurnada de sudor y pálida de la impresión, su espanto no era para menos, la noche anterior había soñado que se ahogaba en mierda.
El susto se hizo mayúsculo cuando abrió los ojos y se supo despierta, porque al inhalar el aire de la mañana percibió un inconfundible olor a porquería. Su primera idea fue que en algún andar peregrino pisó, sin quererlo, la gracia que olvidó llevarse el dueño de algún can, pero tras revisar sus calzados descartó aquel mal paso.
Como una enfermedad antigua con síntomas modernos, presenciamos cómo Tuto Quiroga pateó el tablero de la unidad y cómo Samuel Doria Medina se hizo candidato con una encuesta aparecida de la nada y supervisada por él; tamañas acciones sólo ratifican que los políticos no tienen ni ética ni lealtad.
Desde siempre, la política ha sido un oficio mal habido, con enfrentamientos continuos entre la moral y el poder, y con el usual triunfo de este último por sobre el interés colectivo.
Gobernada en su mayoría por dos regímenes de tendencia izquierdista, la Bolivia del Movimiento al Socialismo supo atravesar las últimas dos décadas aprovechando los vientos favorables de inicios de su gestión para crear bonos y sostener subvenciones a diestra y siniestra. Su discurso, tanto indigenista como socialista, incluyó un odio radical hacia las élites blancoides bolivianas y sostuvo en alto un mensaje de víctima ante una serie de enemigos de todo color (el imperio, los opositores y, en resumen, todo aquel que contradecía al régimen).

