
ERRAR ES HUMANO
El arrebato duró poco con relación al significado, sentido y costo del regalo suntuoso de la cooperativa aurífera que aquel diciembre decidió regalar a sus afiliados un coche por cabeza. Tamaña generosidad, semejante dádiva y tan exagerada dotación no pudo evitar estar en el ojo del ciudadano de a pie, que a duras penas rasgaba su malogrado salario para llegar a fin de mes.
Serapio Abedul y José Linaza amanecieron aquel miércoles de Adviento ensalzando y celebrando a lo loco, habían pasado la noche entera alabando, elogiando y reverenciando al desahuciado, agónico y mortecino equipo de la casaca escarlata para el cual, enhorabuena y en momento malo, tuvieron la clarividencia de tomar las cenizas de un muerto para formar con ellas el cataplasma curativo que logró cicatrizar sus heridas, hasta restablecerlas.
Vaya a saber qué perversión inflamaba los sesos del embajador aquel que en su tiempo y momento supo meter la pata a diestra y siniestra, porque lo que a simple vista parecía que era, no fue, y lo que aparentaba querer, nunca llegó a ser.
Lo cierto es que su metida de pata logró que un sentimiento extremo, mezcla de nacionalismo criollo y orgullo indiano, se impregnara en el tuétano de cada ciudadano y en las vísceras de cada votante. O al menos así lo recordaba Ruperto Alcalá.
La afirmación del mocoso aquel no pasó desapercibida, quizás porque el sentido, forma y fondo de lo dicho, corroían las vísceras de la ética y carneaban al sentido común. Eran tiempos de una sociedad que prefería sobrevivir en una ceguera hipócrita, en vez de abrir los ojos a una realidad terrible.—
—¡Quiero ser narco! —había dicho el escuincle de no más de 12 años, justo mientras la televisión mostraba la entrevista al traficante de moda.
Aquella mañana de calo, encontró a los viejos amigos en una charla de esas que el tiempo borra, pero que la memoria no olvida.
—No me gustan los radicales —aseveró Clemencio Durán, recordando los tiempos en que vivió exiliado por la dictadura.
Ruperto Patroclo le miró con esa mirada insomne que en su momento supo ganarse el afecto de la muchacha que ambos amaban, pero no alcanzó a entender el comentario de su amigo.
Sucedió que en el inicio de los tiempos, iba la Humildad caminando hasta que un brillo repentino la encandiló por el brillo refulgente de las medallitas colgadas del pecho de los mortales que deambulaban, siempre ocupados, de aquí para allá y entrando a un lado y saliendo por otro; notó ella que a cada rato, a cada instante, se entregaban premios a diestra y siniestra y se publicaban los logros en uno y otro lado, recibiendo elogios los unos y aplausos los otros, formando un mar de alabanzas que, en muchos casos, desbordaba en un maremoto de hipocresía.
Estaban Dios y Lucifer conversando sobre la vida y sus complejidades, cuando repentinamente el diablo giró el rostro y apuntó la mirada hacia un lugar sombrío en el mundo, un sitio eternamente recordado por la historia, poseedor de un pasado cargado de fanatismo, fe y muerte.
Llamó su atención que a donde quiera que iban les acompañaban sus séquitos de guardias y de músicos de bombo y trompeta; pero más le interesó ver cómo de arriba y de abajo, desde los pobres hasta los ricos, e incluso los más feos y las más hermosas, se desvivían por darles la mano y sentirse reconocidos por ellos.

