
ERRAR ES HUMANO
El día que Leocadio Gavilán tropezó con la verdad, era ya demasiado tarde. Su casa, junto a sus muebles de mimbre y sus posesiones de veterano, flotaban río abajo. Para él, la vida no había sido a su gusto y manera, pero, aun así, jamás de los jamases, se había sentido como en aquella ocasión: el hombre más sólo del mundo.
Aquel lunes de marzo la sorprendió con la agria noticia de que el cantante de sus suspiros de antaño y las ilusiones del ayer no llegaba para el que iba a ser el concierto de su vida.
Frustrada, engañada y enloquecida, Tránsito Cardenal se estrelló contra sus hijos que no entendían el valor de aquel hombre, contra su marido que no comprendía el mérito del artista de la sonrisa perfecta y contra los organizadores que incumplían lo pactado.
Cuando Marcial Muyurina se dedicó a la política, lo hizo por una trastada del destino, un alarde de la muerte más que una vocación de la vida.
Solían llamarlo “Latavaso” porque, en tanto y en cuanto encontraba la oportunidad, solía dispararse, por no decir perderse o enajenarse, ante cualquier festejo o jolgorio de moda. Aquella ocasión no era diferente pues, aferrado a su bebida de turno, celebraba a lo loco el triunfo de su equipo en aquella copa de gloria y pundonor.
La emoción no era para menos, aquella goleada histórica era motivo de orgullo para muchos días.
La mañana del Martes de Ch´alla, Leocadio Malatesta sacudió la cabeza y se sintió desnudo frente al mundo real. Quizás era fruto de la presencia intimidante que imponían unos nubarrones negros y amenazantes que en ese momento se cernían sobre aquel valle que le tenía por huésped desde hace varios años, o de pronto se trataba de la sensación fría que impactaba en su rostro en forma de gotas de lluvia y que pronosticaban un día húmedo y gris.
Cuando el cielo se derrumbó sobre él, Octavio Mantilla supo que todo se iba al demonio, lo pudo reconocer cuando vio que en las esquinas se formaban remolinos de basura y mugre, lo identificó cuando vio que la inmundicia se atoraba en las puertas de las casas y lo evocó cuando recordó un texto que él mismo leyó hace mucho en un libro endemoniado.
Aquel texto repudiado por la vida, pero aceptado por la muerte, estaba en un libro de tapas cosidas con tripas de gato y relataba una noche tormentosa.
Desproporcionado parecía el festejo aquel en el que apareció sin querer Marina Alegría; no era una diáfana visión ni una consternación involuntaria, se trataba más bien de un lánguido padecimiento, una mezcla de melancolía y zozobra que barajaba las desilusiones de un pueblo por los desfiladeros de la frustración.
Tras obtener la ficha de rigor, Clara Laurel inició un periplo de espanto, no se trataba de un mal rato provocado por las malas decisiones, tampoco el resultado de un mal cálculo o el efecto de una trastada externa, era un trámite sencillo, común y silvestre que en su país se había convertido en un calvario de tedio.
Clara Laurel sabía que el papeleo demoraba unas horas, pero nunca imaginó que las horas-nalga necesarias para obtener su pasaporte iban a tomarle casi todo el día.
Para aquel entonces, ya nadie dudaba de que la vida era una miserable complejidad en la que los corruptos y los maleantes solían ganar; pero nadie esperaba que una lógica tan aberrante podría afectar tanto en la muerte.
Alberto Corteza así lo entendió luego de que su compadre de años le contó que se había topado con un animal, más alimaña que gusano, que afirmaba haber sido en vida un ilustre magistrado de corte y hábito jurisprudencial, que, sin embargo, supo dejarse dominar por la política y el poder.

