
DEBAJO DEL ALQUITRÁN
En términos generales, las proyecciones electorales se esbozan sobre los datos que arrojan las encuestas de opinión, algunas de ellas serías, otras poco profesionales. En Bolivia, sobre todo, a partir de las elecciones de diciembre de 2005, casi ninguna encuestadora se aproximó al resultado final de las urnas. Hubo, en algunos casos, diferencias significativas. En la última, de 2020, por ejemplo, los resultados de ninguna de ellas se aproximaron al 55% de la votación que obtuvo Arce Catacora.
Lo que sostengo aquí, en el presente artículo, es, como denuncia el título, que esos dos eventos políticos han cambiado y rediseñado el mapa político del país, con un sin número de derivas totalmente impensadas e inesperadas.
Es importante reflexionar en estas fechas cuando, con mucho fervor y devoción, se recuerda la fundación de nuestra tan maltratada Bolivia. Si bien hemos sido bendecidos por Dios —tenemos todo— en riquezas y recursos naturales, el infortunio se ensañó con nosotros. Hemos tenido los peores gobernantes.
Recorriendo la historia, no encuentro un solo gobierno, un solo presidente, rescatable. En esas vueltas que da la política, todos ellos, de derecha o izquierda, nunca tuvieron una visión integral de país, ni un proyecto societal.
Con un breve interregno, el Movimiento Al Socialismo, partido cultor del mentado “proceso de cambio”, cumplirá hoy 15 años en el ejercicio del poder. En este tiempo, nítidamente, se pueden advertir cuatro fases: auge, decadencia, perversión y desmoronamiento. Sobre las dos últimas fases, estriba la presente columna.
Ante la incapacidad e infinita estupidez de los políticos tradicionales de sepultar al Movimiento al Socialismo en las urnas, no obstante el actual e histórico “voto duro antimasista”, que alcanza a los dos tercios del electorado; corresponderá al ciudadano, la obligación patriótica de defender en las urnas lo que se ganó en las calles, luego de esa heroica resistencia y lucha de 21 días.
Las elecciones del 18 de octubre, ciertamente, siguen “preñadas” con esos factores y características que sellaron los resultados del 21F y todos los acontecimientos que derivaron luego. Desde ese momento, punto de inflexión del descalabro hegemónico masista, el escenario político en Bolivia se polariza entre el masismo y el antimasismo. Entre la elite azul, correligionarios y seguidores de Evo Morales, que pretendían y aspiraban la “monarquía absoluta” para su abominable caudillo, y los que rechazan, con vehemencia y convicción, esa deplorable pretensión.
A estas alturas, luego de estos inesperados seis meses de la nusva administración del Estado, en casi todos los niveles y dimensiones se puede observar nítidamente las malas e insanas mañas del partido verde, en función de gobierno. Por ello, es vox populi en las calles y en las redes, esta expresión: “son más mañudos y delincuentes que los azules”.
A priori, podría resultar altamente cuestionable mezclar la crisis sanitaria provocada por la insólita e imprevista presencia del Covid-19 con la política que, por sus dimensiones y magnitud, es local, nacional y global.
En las líneas que siguen, analizaremos la gestión del Gobierno “de transición” encabezado por Jeanine Áñez, en la conducción de la crisis, con tintes apocalípticos, que provoca la presencia global del coronavirus, que está cobrando miles de víctimas, sin distinciones de tipo ni de clase.
El intento de imponer los resultados fraudulentos, la resistencia ciudadana –que se gestó desde el 21F– y la salida del abominable caudillo del poder, después de 21 días de intensa lucha en las calles; dejó, a todos, una trascendental experiencia pedagógica.

