
DEBAJO DEL ALQUITRÁN
En política, la expresión del título se utiliza para describir la repetición de viejas prácticas bajo nuevos discursos. Es la continuidad de una determinada forma de concebir la política y ejercer el poder.
A la luz de los hechos, el Gobierno de Rodrigo Paz, que despertó enormes expectativas de cambio, lamentablemente comienza a encajar en esa definición.
En la línea de encontrar otros caminos para el tan ansiado desarrollo y dejar de ser un país pobre, subdesarrollado y solo exportador de materia primas, es momento de actuar con inteligencia y visión para sacar ventaja de la privilegiada y estratégica ubicación geográfica.
En ese sentido, más allá de nuestra condición mediterránea, existe un proyecto que bien podría modificar profundamente el destino económico de Bolivia: el tren bioceánico.
Bolivia atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia económica. El agotamiento del gas nos ha colocado frente a una realidad que durante años hemos preferido ignorar. Sin energía suficiente, importando diésel, gasolina e incluso gas para abastecer el mercado interno, el país se aproxima peligrosamente a una situación de inviabilidad económica.
Como sostuve en mi anterior columna, siguiendo a René Zavaleta Mercado, las crisis se constituyen en extraordinarios momentos de conocimiento. Son experiencias pedagógicas que permiten ver aquello que permanece oculto en tiempos de normalidad. Las crisis revelan la verdadera naturaleza de los actores, exponen las estructuras del poder y obligan a aprender.
Las crisis suelen ser asociadas al caos, al conflicto y a la incertidumbre. Sin embargo, desde la perspectiva de René Zavaleta Mercado las crisis cumplen otra función de enorme importancia: son momentos privilegiados de conocimiento. Es en ellas cuando una sociedad se desnuda y deja ver aquello que en tiempos normales permanece oculto. La crisis, en ese sentido, es un extraordinario método de aprendizaje.
En política, los balances deben realizarse siempre en función de los objetivos perseguidos por los actores en conflicto. Identificados estos, corresponde evaluar quién ganó, quién perdió y cuáles fueron los costos. Detrás de cada objetivo existe siempre una estrategia; es decir, un camino diseñado para alcanzarlo.
A cuarenta y cinco días del inicio de los bloqueos, la evolución de los acontecimientos parece confirmar una hipótesis que sostuve en mi anterior columna, “Morales y su voraz apetito de sangre”.
Detrás de las protestas con la bandera de demandas sociales irresueltas, hoy emerge con mayor claridad el propósito político de alterar la configuración de poder. El objetivo final, obviamente, es el acortamiento de mandato.
Sobre cómo nos dejó el régimen masista he escrito bastante. Particularmente, sobre las generaciones que nos tomará reparar el enorme daño institucional, político y cultural que produjo. Mientras tanto, pareciera que estamos obligados a vivir condenados. Como si estuviéramos pagando, en vida, las consecuencias de uno de los experimentos políticos más destructivos de nuestra historia reciente.
Ciertamente, son varios los factores que confluyen en la actual crisis política. Algunos son importantes, otros determinantes. En ese sentido, independientemente de las amenazas desde afuera del gobierno, hay dos factores, o errores, que son determinantes.
Ya lo advertía en una anterior columna: “los Gobiernos no caen únicamente por la fuerza de la oposición, sino por el peso de sus propios errores”.
Hace más de una década, al analizar la estructura y la lógica de poder del régimen masista, advertía sobre los peligros del corporativismo como mecanismo de dominación política (“Los peligros del corporativismo”, 2014).
Señalaba entonces que esta forma de articulación del poder –basada en la captura del Estado por sindicatos y organizaciones afines al Gobierno– terminaría erosionando profundamente la democracia boliviana. Hoy, 12 años después, ese peligro ha alcanzado quizá su expresión más extrema.

