
DEBAJO DEL ALQUITRÁN
El próximo Gobierno heredera un país en bancarrota y con crisis estructural. Como sostuve en varias columnas, no es solo una desaceleración; es el modelo agotado e insostenible. La estabilidad del nuevo Gobierno estará sujeta al equilibrio macroeconómico. Mantenerse en el poder hasta la conclusión del mandato, será uno de los grandes retos.
El balotaje entre los binomios Quiroga–Velasco y Paz–Lara, en lugar de representar una oportunidad histórica para reivindicar a la política, se ha convertido más bien en un espectáculo deprimente. El debate democrático, maduro y con propuestas, no está presente. Lo que se observa es una competencia de miserias, falsas promesas, insultos y guerra sucia.
La vinculación de Felipe Cáceres –exzar antidrogas durante los tres gobiernos de Evo Morales– con la producción ilícita de cocaína, no solo ha sacudido la política nacional; la noticia ha trascendido al ámbito internacional, colocando a Bolivia en la órbita de los “narco Estados”.
El hombre de confianza de Morales, ha sido acusado por delitos de narcotráfico. Según fuentes oficiales, en sus predios habrían encontrado un laboratorio de cristalización de clorhidrato de cocaína, con una capacidad de producción de 160 kilos por día.
Independientemente del resultado del balotaje, el próximo presidente enfrentará un enorme desafío: asegurar niveles mínimos de gobernabilidad.
Hay gobernabilidad cuando se disipan los factores que erosionan la estabilidad y limitan la acción del Gobierno. La gobernabilidad, en ese sentido, tiene estrecha relación con la estabilidad política. Como la estabilidad política depende de varios factores, entonces, el concepto de gobernabilidad es multidimensional.
La decisión de reconducir con el debido proceso los casos de Jeanine Áñez, Fernando Camacho y Marco Pumari, “presos políticos” del régimen masista, da lugar a interpretar que el Órgano Judicial estaría recuperando su independencia.
Como consecuencia de los resultados del 17 de agosto, Bolivia ingresa en un escenario político-electoral inédito. Por primera vez, después de cinco elecciones, el poder no se define en primera vuelta. El resultado obliga a un histórico balotaje, que enfrentará a Rodrigo Paz y Tuto Quiroga en duelo directo.
El 17 de agosto dejó una sorpresa que ningún analista había previsto: Rodrigo Paz terminó primero en las urnas, cuando las encuestas lo ubicaban en el tercer lugar. Una semana antes, nadie se atrevía a imaginarlo. ¿Cómo se explica que, de un 9% en intención de voto, saltara al 31%, desplazando a los favoritos?
Ciertamente, para el análisis, debemos partir de las cifras de las encuestas, más allá de todos los cuestionamientos. Son las únicas referencias.
Finalmente, el sueño de Evo Morales, que no lo dejó en paz y lo persiguió sin tregua, de estar en la papeleta electoral en los comicios del 17 de agosto, no se ha cumplido. Este desenlace tiene varios episodios, no es un hecho aislado. Es el resultado de un entramado de decisiones, conflictos internos, presiones jurídicas, disputas estratégicas y quiebres de poder.
En este bicentenario de la independencia estoy seguro que es poco lo que tenemos que celebrar. Más que festejar, creo, que debemos reflexionar sobre nuestra dramática realidad.
Nuestra historia no es muy feliz y podría ser resumida, como sostuve en una anterior columna, en cuatro palabras: odio, saqueo, corrupción y despilfarro.
Alentados por el odio y resentimiento, hemos vivido, casi siempre, étnica y regionalmente, enfrentados y divididos.
Algunos candidatos, tanto del campo opositor como del campo masista, se enfrascan en bizantinas discusiones sobre el fin del Estado Plurinacional y el retorno del Estado Republicano. Como sostengo en el título, ese debate, cargado de mucha demagogia, es falso.
Ciertamente, cuando nos referimos al Estado Plurinacional y al Republicano, hablamos de sus textos constitucionales que, en ningún caso, son diametralmente opuestos, como desde un inicio se ha pretendido posesionar en el imaginario popular.

