
PATIO INTERIOR
Así reza la formulación que nos atañe: “La propaganda intensiva sumada a la mentira constante son iguales a la sujeción del ‘pueblo’ más la corrupción al cuadrado”. Es siempre admirable la simplicidad y elegancia de las ecuaciones científicas. Despejemos esta.
Ése es un problema de orden político-cognitivo, tan apasionante para los estudiosos de espejismos psíquicos como el caso de la Gran Mentira (The Big Lie), como llaman Donald Trump y su banda a las últimas elecciones en que perdieron sobradamente y de cuya ilegitimidad jamás lograron enseñar una sola prueba. Pero ahí siguen gritoneando. Afirman que les hicieron fraude y deben mantenerlo a todo volumen, mientras el trumpismo, parece, acabó por tragarse al republicanismo. Lástima de país.
En esta maldita hora de migrantes y refugiados, de asediados y perseguidos por todo el mundo, algún instante se me dio por preguntarme cómo sería tener que irme de pronto, para siempre, sin nada más que una mochila, tal como a millones les está pasando. Aparte de las personas, pensando nada más que en las cosas que se tiene, donde se vive, etc., ¿qué me costaría y dolería más abandonar?, me pregunté.
Al mismo que cometió el delito de fraude, ya también unos penosos funcionarios a cargo del llamado Tribunal Constitucional Plurinacional salen con la infame pretensión de “indemnizarlo” y encima regalarle un montón de plata (no la de ellos mismos, claro, sino la pública). A cualquiera que vea cosas así desde fuera, ésta debe parecerle una nación estropeada, irrecuperablemente anclada entre el folklore, la corrupción y la total degradación institucional. O, en otras palabras, secuestrada por el MAS.
Antes, si de tiranos se trataba, estos venían envueltos en botas y uniformes, mientras hoy han evolucionado y se ofrecen desenvueltos, civiles y gritones. En los sesentas, en los setentas, se cuadraban y usaban charreteras, cuando hoy andan de chompita, sombrero o chulo, cuando no insisten en abusar de ponchos. Así ataviados, son sin embargo muchísimo más peligrosos. ¿Puede hablarse de un retorno de los tiranos, o es que siempre estuvieron por ahí —como en Cuba?
Mucho tiempo ha pasado en los últimos tiempos. De los incendios (de inspiración masista) de hace tres años casi seguido al fraude, del fraude a las gloriosas barricadas, a la pandemia, y hasta el retorno de otra-vez-Evo de nuevo indisponiéndolo todo. El personaje más nefasto que se ha registrado desde García Meza no se ahorra ni robos ni agravios ni venganzas y su mala sombra oscurece el país entero.
¿Habrá alguna modesta salida, sin que se llegue a lo peor? No se sabe, las cartas vienen malas.
“En el hueco de la mano solo me quedó/ la forma de una ausencia”, dijo Juan Ramón Jiménez tras haber intentado, en vano, atrapar una mariposa. Leemos ese par de versos que cierran el poema y sentimos, como lo habrá sentido el mismo poeta, que el asunto no queda termina ahí, pues la inminencia defraudada, bien habría de aplicarse más allá. A Juan Ramón, por ejemplo, le sirvió para escribir un poema. Forma, poema, mano, ausencia: no es poco lo que la vagabunda mariposa dejó a su paso.
Al subdesarrollo moral que para un país significa tener un gobierno obsesivamente basado en la(s) mentira(s) y la represión, se suma el subdesarrollo climatológico de promover incendios, envenenar ríos con mercurio, invadir los parques naturales, expulsar indígenas de sus tierras, en medio, claro está, del subdesarrollo político, consistente en una regresión hacia los modos carcelarios y demás atropellos contra la población.

