
PATIO INTERIOR
Citaron a declarar a José Antonio Quiroga, fundador y director de Plural, la mayor editorial independiente del país. Lo hacen en el marco del caso “golpe”, que es estrictamente de su pura invención, mientras cada día se conocen más los esperpénticos y horrendos detalles que siguieron después del fraude y las gloriosas barricadas, hasta que acabaron huyendo.
Es necesario volver a recordar algunas cosas para saber quiénes son los que están llamando a declarar.
Además, viene a ser mi Santo, algo que en otras partes –me consta enormemente– se celebra muy debidamente
En todo caso, la santa trinidad de la infancia, el fuego y el equinoccio astral, nunca deja de tocar su aldaba sobre el bello mes de junio.
La mitad del año arde como un cuaderno urgente en la memoria.
De la misma forma en que se quiere hacerles creer, a los campesinos del norte de Potosí, que quien se vacuna se vuelve un hombre lobo (y muchos se lo creen), hoy Evo, y su gobierno, quieren hacer creer que no hicieron fraude y, encima, tratan de inventar, y de crear, hacer cuajar a la fuerza, armar a cualquier costa, la fantasía de que hubo un golpe.
Las pajas de los mundos paralelos, o fantasiosos, que inventa la (o cierta) teoría política.
Aquí tienen, por ejemplo, una cita del respetado John Beverley, el celebrado autor de La interrupción del subalterno, que incluso llegó a editarse en Bolivia, como la gran cosa: “¿Cómo pensar la posibilidad de una forma de hegemonía entendida, según Gramsci, como ‘el liderazgo intelectual y moral’ de la nación (incluyendo así una nueva visión del Estado y sus posibilidades de negociación y transformación) desde lo subalterno?”.
En medios altamente corruptos, los no corruptos, los NO partícipes en los robos (de diversas índoles, montos y modalidades) acaban siendo expelidos: resultan testigos incómodos, posibles denunciantes.
Nadie los quiere cerca. Ellos mismos, a su vez, se ven obligados a aceptar la generalización total de la corrupción o dejar el partido, abandonar ese espacio en que hicieron amistades, ese movimiento en el que inicialmente hasta se habrían sentido acogidos, incluso justificados.
Antes de pensar a posteriori que alguien sabía o tenía planeado con antelación lo que haría, hay que tener en cuenta antes, más bien, que las cosas se parecen a los tropezones que determinan las batallas –sin que jamás nada salga como ninguno se imaginaba.
La historia, después de todo, no es más que un encadenamiento de chiripas, desencantos, prisiones o fortunas.
Lo cuenta supremamente Tolstoy en Guerra y paz.
Soldados y soldaditos, armas y juguetes similares, son la delicia de todas las guarderías. Lo increíble es cómo, en algunos casos, los infatilismos persisten y, en vez de abandonarse, el gusto por ese tipo de juguetes, banderas y disfraces se acrecienta.
Nada le place más, a cuanto es ridículo, que mostrarse enfundado, si no en oropeles, por lo menos en uniformes.
Se solía creer, hasta tan solo ayer, que las dictaduras latinoamericanas ya eran cosa del pasado y habían sido, además, el exclusivo privilegio de la “bota militar”. Y se pensaba que ya no más, que ya pasaron, que la democracia ya llegó. Los militares de vuelta a sus cuarteles, urnas en vez de generales. Hubo un suspiro de alivio general, por todas partes; pero este duró lo que un soplido. Pues las dictaduras están de vuelta. Ahora con muchos votos y pocas botas. Y más insidiosas.

