Páramos y promesas
Hace poco me conseguí un libro de Hanna Arendt, con el buen título de La promesa de la política. Pero ese título, al cabo de un rato, no pudo dejar de recordarme lo que famosamente dijo Stendhal: que la belleza no es sino una “promesa de felicidad”. El inmediato contenido erótico de dicha promesa puede, con todo, desviarse a otros campos, ya sean sociales (el bien común), artístico comunales (las catedrales, las cerámicas, los tejidos) o personales ante la consecución de una obra. Otra variación del aserto stendhaliano se encuentra en Proust, para quien Venecia era una promesse de joie, promesa de gozo, o alegría. Esa también puede ser una promesa erótica, que se abre ante la posibilidad del encuentro amoroso en la ciudad por conocerse o, simplemente, radicar en el gusto de caminar por las calles desconocidas de una ciudad bella.
¿Y cuál sería la promesa de la política? El título del libro de Arendt lo puso el editor/compilador, Jerome Kohn, y tampoco lo aclara con una cita o una reflexión específica, aunque deja sospechar, en su excelente prólogo, que esa promesa tiene que ver con la realización de la libertad como acción política, llevada a cabo en medio de una pluralidad reconocida.
Ahora la pregunta entre nosotros, habitantes de la decepción, es: ¿y cómo se hace para vivir en un lugar en el que cualquiera promesa que hubiera tenido la política ha sido retirada, y cuando se trata de hacerla desaparecer a ella misma, como juego reglado de diversos y de opuestos en un espacio público compartido?
Toda dictadura, como se sabe, es precisamente la antipolítica, la aniquilación de la política a favor del mando de Uno, y punto. La política, en su mejor sentido original, de ninguna manera es un mero sinónimo de tejemaneje, como a la postre llegamos a creernos y a lo que de hecho la reducen los actuales aspirantes a tiranos de “izquierda”, otra de cuyas características esenciales es que se instalan definitivamente, sin empacho ni vergüenza, en el plano de la mentira plena, la mentira a secas. En este tipo de regímenes, lo dice Hanna Arendt, la verdad es “políticamente pervertida en el intento totalitario por fabricar la realidad y su verdad al precio de la pluralidad humana”.
Y la belleza, también con su promesa, es a su vez una casi-ausente, mientras que hay una constante, y masiva, producción de fealdad. Cuando ésta no es impuesta a la fuerza: los horribles y millonarios engendros con que el masismo está destruyendo el casco histórico paceño. También las ciudades se van degradando estéticamente, ni qué decir de los pueblos, sin hablar de paisajes enteros arruinados por los coliseos y las canchas del Fraudulento.
El destino que se vive en las ‘tribus aplastadas’’, como dice Cioran, él mismo originario de un poblado rumano, suele ser poco amable con sus ciudadanos: parece que querría abolirse la propia categoría de ciudadanía para suplantarla por la condición de súbdito –a la que alegremente se ofrece todo masista que se precie. Que eso quisieran, siempre, y desde siempre, los jefes: súbditos obedientes y no ciudadanos independientes.
Y la vaga, nunca del todo definida promesa de la política, ¿se cruza de alguna forma con la otra promesa, la de la belleza? Pues, aunque ejerzan prácticas disyuntivas, lo cierto es que también la política, al prometer la libertad plural, contiene idealmente una promesa de crear, o facilitar las condiciones de una dicha posible, que a su vez la belleza promete tanto como cumple, por mucho que, a veces, ese mismo cumplimiento se trastoque en una melancolía, más o menos trágica, ante la felicidad inalcanzable.
Pero ni siquiera tal melancolía, con su gesto lánguido, nos está permitida pues vivimos, otra vez, como en la época de las dictaduras militares, ante la amenaza y la inminencia de los horrores que se creyó, falsamente, que eran privativos de esas fuerzas, con sus banderas y sus botas. Ahora las banderas y las botas vuelven, pero de otro estilo, de una nueva moda y adquiridas en otra tienda.
La porquería, sin embargo, no se modificó un ápice. O es peor: también el poder judicial (que ya no merece ninguna mayúscula) fue privatizado y la figura de la justicia ciega fue sustituida por la del sabueso obediente.
Cuando la política retira su promesa y la belleza se ausenta, o apenas se deja ver, a tiempo de que se produce e impone la fealdad, se crea una atrofia de lo posible o se facilitan las celebraciones falsas, las fortunas súbitas.
Sin ninguna promesa de felicidad a la vista, ¿cómo sobrevivir entre semejantes páramos? Valga la pregunta. Las respuestas, que habrá algunas, cada cual tendrá que re buscárselas…
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.




















