
PATIO INTERIOR
Sobre una deriva reaccionaria de la izquierda, ya había alertado Félix Ovejero, quien vino topándose, en España, con tal fenómeno, fundamentalmente traído de la mano de Pablo Iglesias, ese “ignorante palabrero”, como hace bien en llamarlo.
Apuesto que, además, Donald Trump debe oler sumamente mal.
Una vida grasienta y dedicada al consumo de comida chatarra y coca cola produce eso: gorduras hediondas.
Siempre recuerdo la apreciación olfativa de los salvajes selváticos diciendo que nada es más hediondo, en la selva, que el hombre blanco. Debe ser cierto. Algunos blancos, sin embargo, tratamos de limpiarnos relativamente a través de dietas más sanas, lejos de gaseosas y chatarras y seguramente no olemos tan mal.
Ninguna crispación es buena. Los humores se atascan, la visión se entorpece, la respiración se acorta, se dejan caer las cosas. El bostezo, para Alain, era uno de los grandes remedios contra los males innecesarios y los conatos de rigidez que causan. “Todos han podido observar, decía, que el bostezo siempre es un signo favorable para ese tipo de enfermedades que se llaman nerviosas, en las que es el pensamiento el que está enfermo.” A diferencia de la risa, o los sollozos, llenos de ideas y pensamientos, el bostezo los desaloja a todos.
“Soltar un latinajo”. Con esa expresión se aludía al momento en que un personaje, preferentemente en la novela del siglo XIX, en algún momento o situación crítica, “soltaba un latinajo” que lo resumía todo y guiaba a lo importante. La autoridad de los clásicos era como un dogma y se los consideraba una fuente de sabiduría. No hay nada que ellos no lo hubieron dicho ya sobre los grandes temas de lo humano y había que aprendérselos.
La lucha contra el poder, la huida del poder, el desprecio por el poder o el situarse en las antípodas del poder, rehuirlo, vilipendiarlo y denunciarlo, siempre ha sido otra corriente paralela y venerable que ha recorrido las sociedades y la historia. Desde la repartición entre los dominios del César y los de Dios hasta la confusa contraposición entre el arte y el poder o la política. La lucha por el poder y la lucha contra el poder, contra todo poder.
El próximo domingo, exactamente en una semana, serán las elecciones más importantes de Bolivia en su breve, aunque ya muy duramente recorrida historia democrática. Y, también, en su camino al despeñadero.
Política y pandemia. Férreamente atenazados por ambas y de cara al desastre: así vamos.
En semejantes circunstancias, nada como un viejo y buen proverbio, por ejemplo: “al mal tiempo buena cara”. ¿Qué otra le queda al ciudadano de a pie, desprovisto de todo poder? Después de todo le queda, también, la lectura. A la hora de ir pasando entre unas y otras catástrofes, leer abre otros mundos dentro de este o lo revela en toda su miseria, o en su ahora raquítico esplendor.
Quizá el oprobio y la ignominia se abatan sobre sea quien sea que salga tercero en las elecciones. Sobre sea quien sea que salga cuarto, o quinto… Pues será por culpa de ellos que habrá ganado el MAS. Por culpa de ellos será que los más torpes, los menos preparados, los menos inteligentes, los más violentos y más corruptos de la población boliviana, serán los que se hayan llevado la corona.
Entre las innumerables infamias que cometió Álvaro García durante su vice reinado, destaca su participación a lo largo del proceso, no menos infame, que llevó a la destrucción del Tipnis y fue el disparo de partida para la destrucción de los bosques nacionales.

