
ÁGORA REPUBLICANA
Aprendí a quererte, cotidiana, en la mezcla del calor de media tarde y el sopor de noches bochornosas. A fuerza de recorrer tus espacios y tus calles, conocí la vida que irrumpe en ventoleras y descansa cuando las estrellas imponen la bohemia.
Tuve que aprender tus movimientos, tu fuerza y tu quietud para entrar en el placer de darte un beso y concluir con la sonrisa del orgasmo cuando el tropel del amor desemboca entre susurros.
El migrante es el habitante que se enfrenta al cambio. Dejar a los muertos, como dirían los antropólogos, es un acto de renunciamiento y es lo que se ha hecho en la historia de la humanidad para buscar mejores tierras, cosechas y mejores condiciones de vida. A esta calidad de migrante se suman otros provocados por eventos naturales, guerras, sobrepoblación, persecuciones políticas, situaciones todas ellas que van más allá de la voluntad y la decisión de las personas involucradas.
En toda América siempre hubo indígenas, pero no hay Chiquitos en todo el continente. En toda América llegaron los europeos y españoles… pero no hay Chiquitos producto de esa combinación. En muchos lugares de América, además de los actores anteriores, hubo jesuitas, pero no hay Chiquitos en todos los lugares en los que estuvo la orden. ¿Qué ocurrió en la tierra colorada que de esa combinación humana, se produjo la construcción cultural tan extraordinaria que hoy admiramos?
El desencantamiento de América por parte de los jesuitas tuvo nombres poéticos, Paraquaria, Moxitania, el País de los Indios Chiquitos…
El apelativo “chiquitano” ha tenido un largo recorrido, no exento de situaciones de explotación, antes de la llegada de los jesuitas al territorio y después de su expulsión, en 1767. Los indígenas eran mano de obra esclavizada para quienes se aprobaron las Leyes de Indias y por quienes se interponían recursos de defensa. Y después de la expulsión, al existir un modo de relacionamiento ligado al orden y a la obediencia creativa que se había ido con los padrecitos, volvieron a ser un número parte del patrimonio de los propietarios.
La riqueza humana de los pueblos chiquitanos nos enfrenta a la necesidad de superar la simplificación de estar frente a un solo pueblo, el Chiquitano, y una sola lengua franca, el bésiro. “Tapuy miri, chiquitos, chiquitanos. Historia de un nombre en perspectiva interétnica” de Cecilia Martínez, ayuda a comprender la complejidad de esta construcción histórica, política, social y cultural de lo Chiquitano.
Una construcción simbólica como la que estamos realizando, alcanza su consistencia y solidez en el conjunto de vertientes que le aportan especificidad. Son variables que combinan personas, territorios, tiempos, saberes y decires, y que le dan su impronta diferenciadora de otras. ¿Cuál es la suma de esos matices que expresan la sensación de estar en Chiquitos, como un lugar distinto del planeta?
A los que hemos visto hasta ahora, Tarija aporta uno de ellos.

