
SIN VUELTAS
Hace exactamente un año, en este mismo y privilegiado espacio, animaba a todos, incluso a mí misma, a despedir 2020 sin revanchas. Un año marcado ya con mucho dolor y confusión por la pandemia de Covid-19, a nivel global, pero también, en lo nacional, por las heridas abiertas por los desaciertos y abusos cometidos desde las cúpulas del poder político. Dije entonces: “Quiero despedir 2020 con un abrazo —tan escaso hoy— y sin ningún sentimiento de revancha. Lo haré trayendo, también con amor, el rostro y el nombre de cada una de las personas que perdimos este año”
Pobre Bolivia. Pudiendo estar no solo bien, sino mejor, el país va de tumbo en tumbo, en medio de un caos que amenaza convertirse en catástrofe y no precisamente por causas o razones que escapan al control de quienes lo gobiernan, sino más bien, por culpa de ellos. Claro que es una culpa o responsabilidad, como prefieren llamar otros, compartida entre muchos más, pero en esa repartija de culpas o responsabilidades hay, sin duda, una cuota mayor en quienes están en el mando principal de la conducción de los destinos del país.
A solo una semana de la fecha en la que recordaremos el 39 aniversario de la recuperación de la democracia en Bolivia, nada nos lleva a creer que lo haremos en paz y armonía. Por el contrario, todo lo visto en las últimas semanas, por no decir meses, hace prever que la celebración de la fecha estará empañada por una polarización que ha dejado de ser solo política, para transformarse peligrosamente en polarización social, como resultado de la nítida y nefasta apuesta del partido de gobierno por la confrontación y la violencia.

