
LA CURVA RECTA
Quienes conocen mi columna saben que la firmo como “operador de turismo”. Esa es mi ocupación alimenticia, como diría Mario Vargas Llosa. Vivo del turismo desde hace casi 40 años, he sido guía, chofer, agente de viajes, organizador de grupos, tour conductor, armador de itinerarios, escritor de guías turísticas, y de estrategias de promoción. Aunque, eso sí, como columnista ese casi nunca ha sido tema que me ocupe.
Ya he perdido el sentido de los días y, aunque el encierro me ha sido amable, no dejo de tener algunas angustias. Pienso en mi futuro, que sé será más difícil del que tenía planificado, y aunque no me preocupa mucho lo mío, sí me preocupa todo lo que nos espera para adelante.
De la China y de otros lados llegan noticias sobre cuán claros se han puesto las aguas y los aires; sobre venados acercándose a las plazas de ciudades medianamente grandes, y también jabalíes. Aun en La Paz, hay quienes aseguran que el río Orkojahuira está más claro y que las noches están más estrelladas.
Si la tendencia respecto a contagios y defunciones sigue como está, lo cierto es que estamos más cerca de la muerte ahora que hasta hace un par de meses, sobretodo quienes han empezado su sexta década de vida, o los que están por comenzarla, como es mi caso, que cumpliré 60 años, en el cuarto trimestre, si los dioses se apiadan.
Hace unos días me enteré que un grupo de vecinos de la parte más baja de la ciudad de La Paz se está organizando para defender las serranías que rodean la hoyada de su definitiva destrucción. Esta iniciativa es no solamente loable, sino que debería tocar el corazón de cualquier paceño. Los cerros son parte de nuestro ser, y son el marco que le da forma a la vida urbana paceña.
El reclamo, la inquietud de estos vecinos viene un poco tarde, pero por supuesto que no llega demasiado tarde, y es que todavía hay mucho que salvar.
La semana del Carnaval nos ha dejado una interesante y eventualmente preocupante noticia respecto a las cifras del Carnaval de Oruro. La Cámara Hotelera de ese departamento ha declarado que este año sus afiliados sólo tuvieron un 40% de ocupación de sus hoteles, que se habrían perdido millones de dólares y que en resumen, en términos económicos: el Carnaval orureño hubiera sido un fiasco.
El jueves pasado ha sido el llamado Jueves de Comadres, una tradición que era muy seguida en Tarija y de la que yo ni en mi niñez o en mi juventud jamás oí hablar, pero que en los últimos años se ha popularizado enormemente en toda Bolivia. Los encuentros del Jueves de Comadres han pasado de ser inocentes reuniones de confraternización “monosexual” a ágapes bastante divertidos, algunos un tanto picantes, y otros convertidos en farras fenomenales. Algo no ajeno a ningún tipo de festejo, sea Año Nuevo, Gran Poder o incluso alguna fiesta de guardar.
El viernes pasado, 14 de febrero, aniversario de la invasión de Antofagasta, empezó nuestra temporada cívico religiosa de la plañidera respecto al mar, esa que culmina el 23 de marzo cada año, y que el anterior estuvo bastante deslucida debido al enorme fiasco de La Haya. Puntual para la fecha, ha llegado a las tapas del periódico el subtema del Silala.
Aunque creo que la situación actual es mucho mejor que la de hace un año, precisamente porque no estamos delante de unas elecciones en un Estado con una corte electoral sometida al poder ejecutivo, y por ende a uno de los candidatos, y porque creo que tenemos condiciones de controlar el gasto del Estado a favor de una de las candidaturas, a pesar de que la candidatura de la Presidente pueda levantar suspicacias, es obvio que la situación actual es sui géneris, y aunque la ley no lo prohíbe, lo ideal hubiera sido que la señora Áñez se abstenga de participar en las elecciones.
Aunque la última palabra no está dicha, y las cosas pueden cambiar, no solamente cuando fenezca el plazo de la inscripción de las fórmulas, sino más adelante también, lo cierto es que “habemus candidata”.
Esto ha enfurecido y decepcionado a muchos y, posiblemente, haya alegrado a otros, tanto a quienes la aman al extremo, como a los principales adversarios de Jeanine Añez, y es que esta decisión la hace tremendamente vulnerable, tanto como presidente del Gobierno de transición, como en su rol de candidata.

