De la Covid-19 y sus muertos
Ya he perdido el sentido de los días y, aunque el encierro me ha sido amable, no dejo de tener algunas angustias. Pienso en mi futuro, que sé será más difícil del que tenía planificado, y aunque no me preocupa mucho lo mío, sí me preocupa todo lo que nos espera para adelante.
Tenemos que beber todavía el cáliz amargo cuando la epidemia verdaderamente irrumpa en nuestras vidas, cuando los hospitales se llenen, cuando los recimtos improvisados estén llenos de pacientes que no necesitan hospitalización, pero sí aislamiento, y luego, cuando todo pase, aparte de contar nuestros muertos (o de que nos cuenten a los muertos), habrá que empezar a tratar de recuperar lo poco que siempre hemos tenido. No será fácil, porque la desaceleración económica, al principio por lo menos, será en realidad un gran frenazo y a nosotros nos pescará sin cinturón de seguridad.
Nuestra situación puede ser vista como angustiante porque, pese a las ridículas propagandas del régimen anterior de ser el país que más crecía en la región y de haber reducido la pobreza en forma casi milagrosa, siempre supimos que ese crecimiento porcentual respecto a nuestra propia magra economía en realidad no significaba gran cosa, y que ese “desempobrecimiento” no era tal.
Sabíamos, además, que durante 14 años fuimos gobernados por un grupo de personas que despreciaba profundamente todo el concepto de salud, un presidente convencido de que canchas eran lo mismo que hospitales, y unos ministros de Salud que es difícil encontrar peores, aun haciendo un concurso internacional.
Pero hoy, ya bien entrada la segunda quincena de abril, cuando la cosa está con escenas dantescas en España y en Italia, la situación en Bolivia en realidad no nos puede hacer sentir tan desesperados. No hay que pecar de entusiastas y creer que estamos capeando el temporal, lo cierto es que posiblemente, simplemente se trate de que la ola está atrasándose, pero vale la pena mencionar algunos números.
Estamos conscientes de que en Bolivia las pruebas se están haciendo a cuentagotas y que sería mejor tener muchísimas más pruebas, pero lo cierto es que lo que nos puede dar una idea de la situación es el número de decesos que vamos acumulando: 32 víctimas de la Covid-19 significan 2,89 defunciones por cada millón de habitantes que tiene nuestro país.
Vale la pena hacer un par de comparaciones. Perú tiene más de nueve muertos por millón de habitantes, Chile más de seis, Argentina menos de cuatro, Uruguay menos de tres y Brasil alrededor de 11. Estados Unidos tiene 111 víctimas por cada millón de habitantes, Inglaterra 223, Francia 297, Italia 383, y España 434.
No, Bolivia no está en una situación que pueda espantarnos. Hay muchos países más débiles y más pobres que los países europeos mencionados, que tampoco tienen una morbilidad muy alta. Polonia, por ejemplo, tiene un poco más de nueve defunciones por millón de habitantes.
Ahora bien, considerando que los primeros casos ya han sido detectados hace más de un mes, podemos inferir que, dentro de todas las limitaciones que tenemos, se están haciendo bien las cosas, a menos que sólo creamos en la suerte.
Creo que las fuertes medidas de aislamiento social, que son recomendadas además por los que mejor manejan información, han dado hasta ahora un resultado positivo, y vale la pena continuarlas mientras se pueda, pero creo, además, que por esta situación el Gobierno merece un voto de confianza, independientemente de que, como se dijo más arriba, es posible que lo peor simplemente se haya atrasado…
No estar entre los países con más mortalidad en este proceso nos puede definitivamente aliviar, aunque sea por el momento.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ



















