Pausa turística
Quienes conocen mi columna saben que la firmo como “operador de turismo”. Esa es mi ocupación alimenticia, como diría Mario Vargas Llosa. Vivo del turismo desde hace casi 40 años, he sido guía, chofer, agente de viajes, organizador de grupos, tour conductor, armador de itinerarios, escritor de guías turísticas, y de estrategias de promoción. Aunque, eso sí, como columnista ese casi nunca ha sido tema que me ocupe.
Sé de primera mano que hacer turismo en Bolivia es algo extremadamente difícil, porque, aunque este es un país muy bello, la competencia es dura, hay otras comarcas en el mundo que lo son tanto o más, y porque, además, tenemos una inestabilidad, producto de nuestra pobreza que nos hace un destino poco confiable.
Si nos comparamos con el Perú, podemos ver algunas decisiones inteligentes tomadas por los gobiernos peruanos que nosotros no tomamos (nosotros por ejemplo nos hemos dedicado a ahuyentar a estadounidenses y a israelitas pidiéndoles visa), pero lo cierto es que la gran estrategia peruana para atraer visitantes, tuvo lugar hace más de 550 años, cuando se construyó la ciudadela que hoy conocemos como Machu Picchu, uno de los grandes magnetos turísticos del mundo.
El año pasado, con 6.000 visitantes por día, Machu Picchu era todavía visitable, pero ya había perdido la magia del pasado y uno se preguntaba qué hacer para promocionar otros lugares, Choquequirao era la otra opción lógica, pero yo pensaba también que Iskanwaya, a este lado de la frontera, podría tener un pequeño chance. Y de pronto, cual tsunami, todo ese mundo, toda esa actividad, que cual Tawantinsuyo del pasado, tenía su epicentro en el Cusco, pero que irradiaba hasta el Lago, La Paz y Uyuni, ha sufrido un arrasamiento brutal.
El turismo es no solamente la actividad más afectada por la crisis del coronavirus, sino que su recuperación recién podrá tener lugar luego de que, no solo, exista una vacuna, sino que esta haya sido totalmente popularizada. Recién entonces la gente podrá empezar a pensar en viajar, y eso sucederá en medio de una crisis económica brutal a nivel mundial.
No, por supuesto que el turismo no ha muerto para siempre: al ser humano, en su mayoría, le gusta viajar, pero lo que está claro, y donde no hay que engañarse es que tenemos una pausa que va a durar varios años.
¿Qué hacer?, ¿cómo ayudar al sector? Pues en este momento en realidad no hay nada que se pueda hacer para reactivarlo, pero sí, y aunque suene contradictorio, se puede actuar para salvar a las empresas del rubro, lo cual a la larga servirá para lograr la reactivación y la nueva creación de empleos. Las empresas de turismo y hoteleras (y también todas las demás), deben poder reducir sus obligaciones lo más que puedan, vale decir, deben poder reducir su personal, su planilla sin necesidad de declararse en quiebra.
Sería fatal para el futuro que todas las empresas desaparezcan ahogadas por sus obligaciones sociales producto de un sistema de contratación y de despidos que resulta leonino para el empleador. Poder hacer un cuarto intermedio en la actividad es lo mínimo que se les puede permitir a los empresarios del turismo y la hotelería.
La situación es dramática para las miles de personas dependientes de esa actividad, empezando por quien escribe estas líneas, sin posibilidades de ver en el futuro un ingreso. Pero, es tiempo de vivir de las reservas, si se las tiene, o de los apoyos estatales, si no. Es tiempo de asumir el desastre y reinventarse. Cualquier tipo de promoción, ahora, no será otra cosa que tirar el dinero que no tenemos en un esfuerzo sin resultados.
El turismo no es un tema hoy, y no creo que se deba invertir en este momento en el mismo, pero eso sí, se debe ayudar a los actores de esa actividad a levantar el campamento.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ















