
LA CURVA RECTA
La decisión de Evo Morales y Álvaro García de participar de una elección a pesar de que la Constitución que ellos promulgaron no lo permite, y a pesar del referéndum que ellos mismos mandaron a hacer y que les cerró las puertas para hacer cambios a esa Constitución, es un acto delictivo y debería ser tratado como tal.
La semana pasada ha tenido su dosis de extrema sordidez: el brutal asesinato de una joven en una discoteca de El Alto, y las noticias de un caso que ha venido a llamarse “La manada boliviana” serían suficientes para no sentir la menor gana de festejar la Nochebuena ni participar de la velada de paz y amor que esta debería ser. Sin embargo, me rehúso a publicar en la víspera de la fiesta más amable de este lado del mundo, un artículo que nos llene de desazón. Para eso tenemos el domingo previo al año nuevo, y los siguientes cincuenta también.
A riesgo de que los lectores de mi columna interpreten estas líneas como lo hacen algunos amigos, que creen que lo mío con María Galindo es un amor no correspondido, vuelvo a iniciar esta glosa refiriéndome a ella, pero esta vez para aplaudirla. Su acción, el martes pasado, de ir a echar pintura al nuevo palacio de Evo y de denunciar una más de sus múltiples hipocresías es válida e importante, además estuvo muy bien calibrada. Por lo de ese día, felicidades a María.
La noticia de que un niño hubiera sido ofrendado-sacrificado-asesinado en algún rincón de los Andes paceños no puede sino estremecer. Cabe por supuesto el beneficio de la duda, en primer lugar porque el sentido común debería hacernos dudar de un extremo tan espantoso, los niños a fin de cuentas inspiran ternura, y deseos de protegerlos, y es casi inimaginable que pudiera darse un caso tan ajeno a lo que podría decirse, es un mecanismo de la naturaleza para la perpetuación de la especie. Los niños en general inspiran compasión y deseos de abrigarlos, de cuidarlos, aún al más fiero.
Aunque los tiempos ameritan para volverse monotemático y hablar de las futuras elecciones espurias a las que someterá el MAS al país, conocedor de que otros colegas columnistas tomarán el asunto con más solvencia que yo, he decidido dedicar estas líneas a un asunto que tiene que ver con mi oficio alimenticio, como diría Vargas Llosa, vale decir: el turismo.
Un amigo mío, a quien quiero y respeto profundamente, ha dicho que quien se alegra por la sentencia de La Haya ha perdido los papeles y es un ser despreciable. Tengo que confesar que estoy entre los que se ha alegrado, por lo menos un poco.
Para un columnista esta es una semana con sobredosis de temas, la altisonante amnistía ofrecida a inocentes, la casi divertida llamada de atención del presidente Evo a Trump, quien seguramente ha resultado muy compungido por el jalón de orejas andino, y ni que decir el inefable Mar, que mañana tal vez llegue como tsunami hasta la entrada de la Casa Grande de Evo en La Paz.
La semana ha comenzado con la atroz e increíble confesión de la jueza Pacajes, quien bajo el influjo del alcohol habría declarado que ha condenado a veinte años de prisión, y ha destrozado la honra de un buen hombre, a sabiendas de que era inocente, solo porque se sintió presionada por gente muy poderosa.

