
LA CURVA RECTA
Aunque los tiempos ameritan para volverse monotemático y hablar de las futuras elecciones espurias a las que someterá el MAS al país, conocedor de que otros colegas columnistas tomarán el asunto con más solvencia que yo, he decidido dedicar estas líneas a un asunto que tiene que ver con mi oficio alimenticio, como diría Vargas Llosa, vale decir: el turismo.
Un amigo mío, a quien quiero y respeto profundamente, ha dicho que quien se alegra por la sentencia de La Haya ha perdido los papeles y es un ser despreciable. Tengo que confesar que estoy entre los que se ha alegrado, por lo menos un poco.
Para un columnista esta es una semana con sobredosis de temas, la altisonante amnistía ofrecida a inocentes, la casi divertida llamada de atención del presidente Evo a Trump, quien seguramente ha resultado muy compungido por el jalón de orejas andino, y ni que decir el inefable Mar, que mañana tal vez llegue como tsunami hasta la entrada de la Casa Grande de Evo en La Paz.
La semana ha comenzado con la atroz e increíble confesión de la jueza Pacajes, quien bajo el influjo del alcohol habría declarado que ha condenado a veinte años de prisión, y ha destrozado la honra de un buen hombre, a sabiendas de que era inocente, solo porque se sintió presionada por gente muy poderosa.
La noticia de que un niño de tres años de edad hubiera sufrido la extirpación de un riñón sano en vez del comprometido con un cáncer, solo puede causar consternación a propios y extraños y es comprensible que aparte de la incredulidad ante un hecho semejante, se añada una enorme molestia y un inmenso disgusto contra el galeno que cometió ese terrible error que indudablemente pone en riesgo la vida del infante.
Lo que ha pasado en la entrada chapareña del Tipnis el fin de semana pasado es un abuso que no debería pasar sin la respectiva sanción y las disculpas del caso, tanto de los que impidieron el ingreso de un grupo de personas al territorio del parque nacional, como de las autoridades del gobierno que han apañado una acción que en su estricto sentido es un secuestro, aunque “solo” hubiera durado media docena de horas, y aunque no se hubiera pedido rescate alguno a los rehenes.

