Las proyecciones de la economía nacional
Un punto medio entre el exitismo y el pesimismo es el más adecuado para no perder la objetividad, consolidar los aciertos y minimizar los desaciertos que han llevado a la economía nacional a su situación actual
Un nuevo informe difundido en pasados días por la Comisión Económica para América y el Caribe (Cepal), en el que hace algunos reajustes a sus anteriores previsiones publicadas el pasado mes de abril sobre el desempeño de la economía latinoamericana durante el presente año, ha dado lugar, como todos los anteriores de ese organismo y otros similares, a una ola de análisis interpretaciones que van desde un desmesurado optimismo, en un polo, hasta un pesimismo también desmesurado, en el otro.
Como es natural, entre las primeras se han destacado las provenientes de las autoridades gubernamentales del área económica. Según su versión, la Cepal comete un error al reducir medio punto sus proyecciones del crecimiento boliviano a fin de año, pues los datos de los que dispone confirmarían más bien los cálculos anteriores de ese organismo, los que preveían un crecimiento del 5 por ciento, lo que confirmaría su teoría del “blindaje” .
Al frente, los analistas que más severamente critican el rumbo por el que está encaminada la economía nacional no ven en las cifras de la Cepal nada más que una confirmación de sus alarmantes vaticinios, según los que nuestro país estaría cada vez más cerca de una especie de colapso.
Ese panorama no es nada novedoso. En efecto, como es fácil recordar, es muy similar al que se viene repitiendo una y otra vez, desde hace ya varios años, cada que algún organismo internacional se refiere al desempeño económico de nuestro país.
Con esos antecedentes, y teniendo como telón de fondo la debacle regional, cualquier comparación entre las proyecciones actuales de la economía boliviana y las de meses o años anteriores resulta secundaria. Lo que se destaca es que, aún asumiendo como cierta la tendencia hacia una disminución del 5 al 4,5 por ciento, Bolivia sigue encabezando el ránking latinoamericano de crecimiento y ése no es un detalle menor. Sólo Paraguay (4%), Perú (3,6%) y Colombia (3,4%) se aproximan al desempeño boliviano, muy lejos del promedio sudamericano (-0,4%), y más aún las más grandes economías de la región como Brasil (-1,05 por ciento) Argentina (0,7 por ciento) o Venezuela (-5,5 por ciento).
Una mirada fría y desapasionada de esos datos confirma una vez más que las visiones extremas –tanto en su versión optimista como en la pesimista— no son las más adecuadas si lo que se quiere es una comprensión objetiva de la realidad.
El sólo hecho de que Bolivia siga destacándose, y con mucho, del promedio regional, y que sea el país que con menos dificultades está resistiendo los efectos negativos del contexto externo, tendría que ser razón suficiente para que los más severos críticos de la gestión gubernamental modifiquen los términos apocalípticos de sus previsiones. Como contrapartida, la elocuencia de los datos que reflejan un entorno cada vez más desfavorable tendría que apaciguar el exitismo oficialista.
En éste como en otros casos, un punto medio, en el que la objetividad se imponga por sobre los afanes propagandísticos, parece el punto de vista más adecuado para consolidar los aciertos y minimizar los desaciertos que han llevado a la economía nacional a su situación actual.






















