Reflexiones sobre el conocimiento científico
En 1931 Bertrand Russell —filósofo, matemático y escritor, ganó el premio Nobel de literatura en 1950—, publicó su notable tratado “El Panorama en el ciencia”, abordando cómo la ciencia accede al conocimiento de la “verdad” con el método científico y los profundos impactos del conocimiento científico sobre la vida del hombre común.
Cómo cabría esperar, en aquel tratado, Russell traslució el profundo optimismo depositado en la ciencia como vehículo del progreso humano que caracterizó al pensamiento de su tiempo: “sólo del conocimiento de las leyes de la naturaleza humana con la ayuda omnipotente del método científico, puede venir una felicidad completa, verdadera y permanente”.
El método científico, —explica Russell—, tal como lo entendemos, apareció con Galileo (1564-1642) y, en menor grado, con su contemporáneo, Kepler. Ambos poseyeron el método científico en su integridad. Aunque se saben actualmente muchas más cosas que las que se sabían en su época, no se ha añadido nada esencial al método.
Galileo planteó el denominado “método inductivo” para el conocimiento “objetivo” de la realidad mediante tres fases: 1. Observar los hechos significativos de la realidad 2. Formular hipótesis, que de ser verdaderas, expliquen aquellos hechos 3. Deducir de las hipótesis consecuencias que puedan ser observadas en los hechos reales —el experimento de laboratorio para Galileo—.
Aclaremos. Hasta Galileo, los fenómenos de la realidad, habían sido explicados recurriendo a la “deducción” en la base a silogismos formulados partiendo de las premisas generales de la física aristotélica, en unos casos, o de la literatura religiosa, en otros. En ambos sentidos el conocimiento de la particular a través del silogismo deductivo, imperaban como dogmas.
En efecto, como bien señala Russell: “el conflicto entre Galileo y la Inquisición no es meramente el conflicto entre el libre pensamiento y el fanatismo, o entre la ciencia y la religión; es un conflicto entre el espíritu de inducción y el espíritu de deducción. Los que creen en la deducción como método para llegar al conocimiento se ven obligados a tomar sus premisas en alguna parte, generalmente en un libro sagrado… y puesto que la deducción fracasa cuando existe duda sobre las premisas, los que creen en la deducción tienen que ser enemigos de los que discuten la autoridad de los libros sagrados”.
No obstante, las particularidades y complejidad de los protocolos y procedimientos que posibilitan acceder a los hechos “tal cual son”, es decir, científico, en realidad, no constituyen códigos articulados de significantes con sentidos sólo inteligibles en los marcos del discurso científico, como frecuentemente asumen los científicos. Por el contrario, entre los lenguajes de la ciencia, cotidiano y filosófico, existen continuidades y sentidos traslapados, cuyo análisis coadyuva, sin duda, a comprender sus diferencias y sentidos específicos.
Suficiente señalar el rol fundamental de los neologismos propios de la filosofía clásica como: método, hipótesis, teoría, ontología, entre otros, como conceptos estructurantes del método científico. Aunque el sentido de estos neologismos fuera de su contexto original, ha variado, habiendo sido en cierta medida, “resinificados” desde Galileo hasta nuestro tiempo, disociar su origen y propósito como neologismos de la filosofía clásica, del rígido significado conceptual que les confiere la ciencia ¿coadyuva u obstaculización al conocimiento científico de las leyes de la naturaleza humana, y por tanto, al advenimiento de la felicidad absoluta que augura Russell?
El autor es economista.
Columnas de JUAN JOSÉ ANAYA GIORGIS




















