Negligencia e inundaciones
Uno de los temas que de manera recurrente aparecen en un lugar destacado de la agenda informativa regional es el relativo a la negligencia con autoridades departamentales y de los municipios que abarcan la ladera sur de la cordillera del Tunari incumplen su obligación de preservar las quebradas a través de las que baja el agua de las lluvias hasta el cada vez más urbanizado valle de Cochabamba.
La más reciente de las notas publicadas sobre el tema es la que da cuenta de la la paulatina destrucción de la franja de seguridad de la torrentera Pintumayu, una de las más caudalosas de la ciudad. Según el informe, a lo largo del lecho de la torrentera ya iniciado un proceso de urbanización, tal como ya ocurrió durante los últimos años en todos los demás cauces de agua provenientes del Tunari.
Por lo visto, de nada han servido experiencias tan aleccionadoras como la sufrida a principios de este año en la zona de Tiquipaya. Tampoco importan los pronósticos meteorológicos que vaticinan que esta temporada de lluvias será una de las más severas.
Las primeras pruebas de que no son exageradas esas previsiones las hemos podido ver durante los últimos días no sólo a través de las noticias que dieron cuenta de los primeros deslizamientos de mazamorra en Tiquipaya. Y lo mismo puede decirse de otras regiones del país afectadas por inundaciones aunque todavía no ha llegado a su auge la época de lluvias.
Si se considera que pocos “fenómenos naturales” son tan recurrentes en nuestro país como las inundaciones que se producen todos los años en cuanto llega a su mayor intensidad la época de lluvias, resulta incomprensible la falta de políticas pùblicas dirigidas a afrontar el problema. Todas las instancias estatales, desde el gobierno central hasta los municipales, pasando por los departamentales, insisten en soslayar el asunto como si de una fatalidad impuesta por designios ajenos a la voluntad humana se tratara.
Esa negligencia resulta más inadmisible aún si se considera que ya está plenamente demostrado que es directa la relación entre las inundaciones y el intenso ritmo al que se destruyen los bosques tropicales y la cobertura vegetal en toda la cadena montañosa andina que atraviesa nuestro territorio.
Siendo tan evidente la relación entre deforestación e inundaciones, sólo queda elegir entre dos caminos posibles. O se persevera en la actual política depredadora y se asumen con resignación las consecuencias, o se toma de una vez en serio el compromiso con la salud medioambiental y pone freno al ritmo exponencial con que año tras año aumenta la deforestación de nuestros suelos.






















