La era de los autócratas y su probable final
Según la ONG Freedom House, el mundo suma ya 13 años consecutivos de recesión democrática. Es decir, suman más y más Gobiernos autócratas, al punto que ya se ha marcado una tendencia y hasta definido una, por ahora, breve era. Sea como tendencia ascendente y tentación, sea como irrupción abrupta, en cuatro de los cinco continentes han surgido o se han consolidado varias autocracias por región.
Los sistemas democráticos decayeron marcadamente o colapsaron en decenas de países. La lista surge casi sin mayores esfuerzos de memoria en el común de los ciudadanos. Las democracias colapsaron en Filipinas, con Rodrigo Duterte como dictador, en Turquía con Tayyip Erdogan, en Egipto con Abdelfatah Al-Sisi, Nicaragua y Daniel Ortega, Venezuela y Nicolás Maduro. Dejaron de existir hace décadas o más que eso en Bielorrusia, Corea del Norte, Tailandia, Nueva Guinea, Cuba, Burundí, Ruanda, Irán y Arabia Saudí. Es más, han surgido liderazgos cuasi autoritarios en Hungría, Polonia e Italia. La lista sigue y tiene postulantes varios.
Y el recuento de diversos analistas llega hasta, claro, elecciones como las de Jair Bolsonaro en una potencia como Brasil o regímenes como el chino y el ruso, liderados por Xi Jinping y Vladímir Putin. Pero además más de una voz ha detectado las tendencias autocráticas que el propio presidente de EEUU, Donald Trump, ha deslizado y la creciente alarma que genera en la primera potencia mundial, autodenominada cuna de las libertades. Un fenómeno similar sólo ocurrió hace 90 años, luego y como desenlace de la Primera Guerra Mundial. Hay quienes ven que es posible que el mundo esté entrando en una etapa de reversión de la democracia liberal.
Según explica Étienne Bolduc, profesor de Filosofía en la Universidad de Quebec, citado por el diario la Nación: “Lo peor es que la nueva ola de autócratas populistas consiguió demostrar que son capaces de ganar el poder en las democracias más sólidas e influyentes del mundo (…) Gobiernos de países como Hungría, Polonia, Turquía o Venezuela comparten dos características importantes: primero, llegaron al poder mediante elecciones libres, con un mensaje antielitista y antipluralista. Después utilizaron esas victorias para concentrar el poder en sus manos, debilitando la independencia de instituciones claves, como la Justicia; impidiendo el funcionamiento de los partidos de oposición, y amordazando a los medios de comunicación”.
Diversas instituciones, incluidas comisiones de las Naciones Unidas, añaden cuatro características específicas para perfilar a las autocracias: represión, corrupción, culto a la personalidad y conformación de una nueva oligarquía. Fenómenos que se repiten casi matemáticamente en cada uno de los casos.
CARACTERÍSTICAS
La represión y persecución de la disidencia es a menudo un rasgo importante en las autocracias, que le niegan la participación política y a veces incluso los derechos humanos fundamentales a quienes piensen distinto o a quienes se opongan al régimen autocrático. Otro rasgo distintivo constituye una incontenible corrupción. Al no contar con ningún tipo de poderes opuestos, los aliados del autócrata gozan de impunidad e inmunidad casi absolutas. Pueden así enriquecerse ilegalmente, cometer crímenes y acumular bienes, sin que puedan ser juzgados por ello.
Dado que todo el poder reside en manos de una misma persona, a ella se le rinde culto y se la venera como si fuera una deidad o un santo. Esto se potencia desde las estructuras del Estado y se alienta el culto a la personalidad del líder o caudillo, a través de mensajes manipuladores que lo ofrecen como un salvador, un redentor o, en el peor de los casos, como un mal necesario.
Finalmente, todas las autocracias terminan beneficiando (abierta o secretamente) no sólo al autócrata, sino a sus seguidores y a un cierto sector social que le es leal. Este sector eventualmente posee suficientes bienes para convertirse en una oligarquía. Es decir, en un sector social poderoso que retiene para sí las ventajas económicas, sociales y políticas de la sociedad. Sin embargo, las autocracias parecen tener un inevitable talón de Aquiles.
TALÓN DE AQUILES
“Hasta hoy, para la mayoría de los académicos que estudian el fenómeno, la amenaza antidemocrática de los autócratas era un camino sin retorno —dice la analista argentina Luisa Corradini—. Una vez que un ‘hombre fuerte’ consiguió concentrar el poder en sus manos, el margen de maniobra para la oposición desapareció. Para otros, sin embargo, ese discurso ignora un factor fundamental: la legitimidad de los autócratas modernos depende de su habilidad para mantener la ilusión de que hablan para ‘el pueblo’, y defienden ‘su libertad’. Pero, mientras más poder concentran en sus manos, menos plausible parece esa pretensión”.
“Esto plantea la posibilidad de que aparezca un círculo vicioso: cuando una crisis interna o un shock externo afecta la popularidad del régimen autocrático, el líder aplica más opresión para perpetuar su poder. Haciendo eso, provoca cada vez más descreimiento cuando afirma que gobierna para la gente —explica Bolduc—. A medida que segmentos cada vez más importantes de la población reconocen que corren el riesgo de perder sus libertades, la oposición al régimen no cesa de aumentar”.
En diversos casos, importantes bajas de popularidad respaldan lo afirmado por los analistas citados. En los últimos tres años Vladímir Putin, uno de los autócratas más elogiados, vio bajar sus apoyos 27 puntos (de 87 por ciento a 60) y la tendencia sigue. Algo similar pasa con Duterte en Filipinas, en 2016 llegó a un pico de apoyo del 66 por ciento, su respaldo descendió hasta el 45 por ciento a mediados de este año. Sobra apuntar la impopularidad de los casos donde lo que destaca no son los sondeos de opinión, sino sucesivas convulsiones sociales y muertes.
Un caso ejemplar constituye el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Asumió el poder hace casi 17 años. Afirmó que Turquía no tenía una democracia auténtica y que una oligarquía controlaba el país, que esa oligarquía despreciaba la voluntad popular. Por eso —repetía—, sólo un líder con coraje, surgido de las verdaderas entrañas del “pueblo turco”, podía devolver el poder a la gente.
Hoy, Erdogan es cuestionado bajo argumentos similares a los que le sirvieron para llegar al gobierno. Durante los 16 años que ha dirigido a su país, primero como primer ministro y después, tras cambiar la Constitución, como Presidente, distribuyó ese poder en las manos de su propios allegados y nuevos aliados. Es decir, conformó una nueva élite que ahora resiste los embates de miles de manifestantes y opositores.
En esos más de tres lustros, Erdogan anuló a toda la oposición política, social y militar. Puso a su servicio obsecuente a las instituciones del Estado y anuló la libertad de prensa y de expresión. Su popularidad inicial fue paulatinamente decayendo, a medida que una inicial racha económica que respaldó su gestión también se reducía. Pero desde fines de 2017, las denuncias sobre un mal manejo de las finanzas del país y una consecuente crisis económica derivaron en crecientes protestas.
Erdogan, para preservar su poder ha llegado al extremo de anular votaciones en ciudades como Estambul y forzar nuevos comicios que, para su pesar, le resultaron aún más adversos. Diversos sectores sociales otrora adormecidos, especialmente las nuevas generaciones, han reavivado las fuerzas que exigen el final del régimen.
LA TRAMPA CHINA
En el otro extremo del poder autocrático se halla el presidente chino, Xi Jinping. Sin embargo, pese al colosal poder y estabilidad que se le reconocen, en meses recientes debió enfrentar una dura resistencia en la región autónoma de Hong Kong. Es más, finalmente optó por ceder al rechazo que los ciudadanos de la ex colonia británica expresaron contra ciertas medidas que buscaba imponer Pekín.
Sin embargo, son Rusia y, especialmente, China los regímenes que han dado particular y polémico respaldo a buena parte de las autocracias consolidadas o emergentes en el planeta. De hecho, la promocionada iniciativa china “One Belt, One Road” (Una franja, una ruta) para desarrollar infraestructura comercial fomentó las malas gestiones autocráticas en diversos países. Siguiendo la práctica de larga data de Beijing, los préstamos del programa Belt y Road venían sin condiciones obvias, lo que convertía a la capital china en un deseado prestamista para los autócratas.
Estas inyecciones no escrutadas de fondos en efectivo permitieron que funcionarios corruptos se llenaran los bolsillos mientras le endosaban a su pueblo una deuda masiva al servicio de proyectos de infraestructura que, en muchos casos, beneficiaban más a la propia China que a la nación endeudada. Los casos van desde Malasia y Sri Lanka a Sierra Leona, Nicaragua y Venezuela. Así también, como otra característica de la era de las autocracias son comunes las referencias a la “trampa de la deuda” china.
Paradójicamente, el apoyo chino, y las subsecuentes crisis políticas y sociales que ha desatado en diversos países, constituye otro de los fuertes argumentos de quienes hoy buscan el fin de la autocracia en sus países.




























