“No creo que pueda”
Nuestra historia se cruzó muchas veces. Nos tropezamos sin vernos, nos hablamos sin conocernos y nos ignoramos una vez que nos descubrimos. Nuestro camino se hacía cada vez más cercano y también se separaba, como una vena que saliendo del corazón se disipa en muchas otras.
El grito de: “Volveremos a las montañas”, de Inti Peredo, se hizo más alto y se empezó a escuchar como la voz de los que querían demostrar que la vida valía si se la entregaba por una causa justa y honesta. Desde Teoponte se pensaba seguir un camino que lleve a la luz y a un nuevo amanecer.
Todo eso se desbarató, se extinguió como una vela apagada por el viento. Esa luz, que se pensó iluminaría el horizonte de la justicia y la libertad, se quedó en una pabilo triste y desmarcado.
La sociedad había cambiado y no se leyó su cambio, no se intuyó que la guerrilla del Che había dado ya el grito final y que la sociedad había dado un vuelco. Cuatro años pasaron desde que el camino a Ñancahuazú, había cerrado la puerta, pero que solo la ilusión la reabrió.
Mujeres y hombres, jóvenes todos, rehusaron ver que esa puerta de cambio estaba ya cerrada para siempre. No la vimos, no la quisimos ver. Los que la vieron no tenían suficientes altavoces para manifestar su final.
Los partidos políticos seguían el baile del “ahora me toca”. Y la gente seguía sufriendo las consecuencias de una sociedad injusta, racista y desigual. Nuestros trabajadores continuaban sufriendo las consecuencias de salarios inhumanos. La democracia seguía en manos de partidos políticos que se querían turnar en el palacio sin compromiso político serio para un cambio total.
Teoponte enterró no solamente a los combatientes, sino también la visión de un país que podía imitar triunfos o fracasos en otras partes. Se había probado, se había intentado y se había perdido. Con Teoponte se ganó una cosa, la reflexión profunda de que la violencia no es un camino, se ganó también la certidumbre de que las instituciones estaban caducas y que no eran capaces de hacerse cargo de representar a la gente.
Los partidos políticos, y también los sindicatos, habían dejado de ser voces de alternativa de cambio. El ELN (Ejército de Liberación Nacional), estaba, entonces, en una disyuntiva fundamental: no somos guerrilleros debemos ser políticos. Esa nueva línea fue impulsada por El Chato Peredo y otros militantes del ELN.
Todo cambió. La sociedad boliviana estaba, ahora bajo una dictadura sangrienta. El ELN estaba en pleno proceso de reagruparse dentro de lo que sería el Partido Revolucionario de Bolivia (PRB), siglas que no marcaron la historia de nadie. Los militantes estaban trabajando desde todos los frentes con el mismo objetivo de antes, la lucha por una Bolivia más justa, igualitaria y abierta.
Tú, Chato estabas ahí, y estuviste desde la palestra local, luchando por los mismos ideales que te llevaron a la montaña.
Ahora si te vi en persona, hablamos sobre el proyecto del libro Influencia de la Teología de la Liberación en el movimiento guerrillero boliviano. Tu sinceridad en el análisis de la guerrilla fue absolutamente certero. Reconocimos juntos los entretelones de un conflicto que superaba las fronteras de la lucha política.
Te pedí entonces interceder para apoyar un pequeño plan que se me había ocurrido: que se terminara la diferencia entre educación urbana y rural. Eran tiempos de cambio y tú estabas de acuerdo, sin embargo me dijiste, con esa sinceridad que te hacía único, que tu relación con el vicepresidente Álvaro García Linera estaba por los suelos y que el MAS estaba sin un proyecto real de cambio. Ahí me miraste con cara de, “Carlos, no creo que pueda hacer nada”.
Un abrazo Chato y muchas gracias por tu sinceridad
El autor es filósofo y sociólogo
Columnas de CARLOS F. TORANZOS
















