En un mundo al revés
En el país, con frecuencia, se hace referencia a tres crisis para describir el contexto en que se desenvuelven los hechos cotidianos: las crisis económica, sanitaria y judicial. Todavía estamos inmersos en ellas y no podemos decir que al fin han terminado.
A estas tres crisis, con efectos devastadores sobre la población, hay que agregar una cuarta: la crisis de anomia y moral en que se debate actualmente el país.
La anomia es, en términos generales, la ausencia de normas que regulan la conducta de las personas en una sociedad o, lo que es lo mismo, la degradación de las leyes que se impone un colectivo para impedir que se vulneren los bienes jurídicos o valores que quiere preservar. Cuando gana la anomia, una sociedad camina a oscuras. Y lo mismo ocurre si la crisis es moral: aunque por definición las normas morales son unilaterales, interiores e incoercibles, sin ellas es imposible orientarse en la búsqueda de fines éticos o del ejercicio de la libertad de elegir para configurar un proyecto de vida.
La crisis de anomia y moral tiene síntomas preocupantes, que se manifiestan todos los días y que transmiten la sensación de que en Bolivia se vive en un mundo al revés.
Veamos algunos ejemplos: el Gobierno ha llevado a la justicia ordinaria a la expresidenta Jeanine Áñez para condenarla y así validar un inexistente “golpe de Estado” que inventó el expresidente y jefe cocalero Evo Morales, quien quiso prorrogarse en el poder, en 2019, mediante un fraude, cuando lo que corresponde, según la Constitución y las leyes, que han sido pisoteadas, es un juicio de responsabilidades; policías participan en atracos y hasta son traficantes de autos robados en Chile (¿quién protegerá a la ciudadanía de la Policía?); también hay exjefes policiales antidroga condenados y hoy buscados por narcotráfico; un diputado masista acaba de denominar grupo “irregular” y de “mercenarios” a chilenos que rastrearon y dieron con vehículos robados en su país; un conocido masista acusado de incendiar buses PumaKatari, en La Paz, durante el vacío de poder, no sólo hoy enjuicia al exalcalde Luis Revilla, sino que hasta se presentó como candidato a la Defensoría del Pueblo; un exfuncionario masista, pese a impedimentos éticos, es el mejor perfilado para ser el nuevo defensor del pueblo; una defensora interina se dedicó a defender al poder; un masista detenido con más de dos kilos de droga hoy es presidente de la Asamblea Departamental de Beni; desfalcadores del Fondo Indígena hoy son autoridades; el único denunciante del desfalco al Fondo Indígena, Marco Aramayo, ha muerto a manos de la justicia servil al masismo…
Los indicadores de la crisis de anomia y moral no tienen fin. Comenzaron, qué duda cabe, con la desinstitucionalización que vive el país desde 2006. Es inevitable referirse a que hace poco el jefe cocalero Evo Morales prometió “una segunda revolución ética y moral” (!)… Lo cual confirma que todo es posible en este mundo al revés. Lo peor es que, al parecer, los bolivianos se han acostumbrado tanto a la anomia que ya no reaccionan ante los hechos delincuenciales, considerados “normales” y protagonizados por políticos venales o por malhechores.


















