Yo sólo era su vecina. El destino y la escasez de dinero habían hecho que a nuestras casas colindantes sólo las separe una fina pared, dejando traslucir hasta el más mínimo suspiro. Mi casa era mi refugio después de que murieron mis padres y heredé su hogar. ¡Que en paz descansen! Lo de la vida en pareja no era lo mío. No cabía en el molde y así me convertí en lo que las malas lenguas del barrio decían de mí, una solterona. Preferí mil veces cargar con la torpeza de esa etiqueta que con la tremenda responsabilidad de regalar a la sociedad a un ser humano íntegro. Un hijo era demasiado para mí.