8M. “medianera”
Yo sólo era su vecina. El destino y la escasez de dinero habían hecho que a nuestras casas colindantes sólo las separe una fina pared, dejando traslucir hasta el más mínimo suspiro. Mi casa era mi refugio después de que murieron mis padres y heredé su hogar. ¡Que en paz descansen! Lo de la vida en pareja no era lo mío. No cabía en el molde y así me convertí en lo que las malas lenguas del barrio decían de mí, una solterona. Preferí mil veces cargar con la torpeza de esa etiqueta que con la tremenda responsabilidad de regalar a la sociedad a un ser humano íntegro. Un hijo era demasiado para mí.
Mi vida se resumía a mí y nada más que a mí. De la casa al mercado, de la casa a la iglesia. Otras veces, del mercado a la iglesia o de la iglesia al mercado. Eso sí, siempre andaba sola. Casi nadie se me acercaba, quizás, pensando en que la soltería pudiera ser contagiosa. La fatalidad es paciente y, como no podía ser de otra manera, llegó el triste día en que tuve que afrontar a mis vecinos del lado.
Salí de casa uniformada de negro. Me armé de valor y empujé por vez primera la puerta vecina. De negro como todos, me dirigí con una corona de rosas blancas sin espinas hasta el ataúd. Guardé en el bolsillo un pañuelo, por si las perlas saladas de la tristeza se atrevieran a jugarles una mala pasada a mis mejillas.
Habían empezado a poner las sillas cuyos respaldares y asientos eran de fórmica. Estaban todas dispuestas en U de Urgencia. Al centro, en ese hueco vacío estaba colocado el cuerpo presente protegido por una caja de pino. Una caja destinada a proteger lo que en vida no se pudo proteger.
El nudo en mi garganta se apretaba más a medida que me acercaba a la madre de la difunta. Solté un abrazo a medias. Es verdad que nos conocíamos desde hace más de 20 años, pero no pasábamos de un “buenos días” y un “buenas tardes”. Me hundí en una de esas sillas con las ganas de abrazar a esa madre que yo nunca me atreví a ser. Me recriminé en silencio por nunca haber hecho nada. No pude rezar. El Ave María y el Padrenuestro se me cruzaban. Mi cabeza iba a explotar.
Poco a poco fui rebobinando la cinta de la memoria. Recordé que varios de mis sábados matutinos estuvieron interrumpidos por insultos de la voz masculina del padre de la joven difunta. El blanco era la integridad de su esposa. Otras veces, mis siestas estuvieron sobresaltadas por sonidos de cachetadas. Ruidos nítidos de una mano cóncava sobre la piel femenina. Cuando la cruzaba en la vereda se dibujaban tonos violáceos protegidos a medias por una pañoleta. Siempre caminaba rápido para que nadie la vea. Con los años, su rostro volvió a relucir esa piel canela. Ahora me doy cuenta, ilusamente, de que las marcas se habían vuelto invisibles. No se veían, pero estaban. Eran astutas. Se habían deslizado hacia profundidades escondidas que sus ropas ocultaban. No sé cómo no pude leer en su mirada lo que en su casa de verdad pasaba. Rebobinando, rebobinando, sí que recuerdo a quien fuera esa niña llorando hasta las súplicas: “Padre, pare”, “padre, basta”. Y yo sintonizando emisoras, en lugar de sintonizar con los gritos. Mi mente al fin volvió al velorio, pero no me dejaba tranquila. Estaba yo frente a la muerte de una violencia heredada. Su novio le había quitado su vida, había ido más allá que su padre. No podía evitar sentirme culpable y minutos más tarde volví a persignarme, guardé mi pañuelo, no vi a nadie y me fui.























