¡Es la democracia, estúpido!
Agonizaba Goethe, y con él parecía oscurecerse su sabiduría. La luz, que siempre lo guió, languidecía.
Goethe pedía que se abriese una ventana para tener más luz. ¡Más claridad intelectual, más verdad! Esas que se habían convertido en una constante búsqueda en su pensamiento universal.
La luz es libertad, simboliza un fin cierto. Es el motor que impulsa al escrutinio de las miserias, es, pues, un catalizador que hostiga a la conciencia para que ésta alcance la claridad.
¿Este es el tiempo de opacidades y de mentiras?
¿Poderes diestros que tejen planes siniestros?
¿Es la voz de la demagogia quebrando conciencias. Oscureciendo el presente, vendando, rifando el futuro?
Esta es la coyuntura de los que clausuran ventanas para velar la transparencia y así, con ese talante monolítico, inducir a que la razón es del que pone e impone.
Se trabaja laboriosamente para que el desorden tenga un nuevo orden, para que el caos y el irrespeto por las diferencias hagan germinar una neolengua que persuada sobre la existencia del Big Brother. Adecuan discursos neooriginarios para convencer de que el Pachacuti está más consolidado que nunca y que esa transformación de la tierra e “inversión de mundo” nos está haciendo cada vez más justos y equitativos. Los caudillos populistas no son elegidos a través de procesos tradicionales de partido, sino que surgen de la ruptura de las reglas comunes, de la crisis.
“Cuidado con el hombre que habla de poner las cosas en orden. Poner las cosas en orden siempre significa poner las cosas bajo su control”. (Diderot)
¡Bolivia está en una disyuntiva!
No se sabe si somos… o nos hacemos. O si en algún momento llegará el fin de la locura. O si se conseguirá borrar de los cerebros esa parte que inyecta razón en la alternancia de gobiernos y en el disenso como verificador de las libertades.
Se ignora si el pan y el circo durará algún tiempo más o, por el contrario, por esas rachas afortunadas que tienen los países con gobiernos mesiánicos, estamos a un tris de ingresar al club de los países del primer mundo: con lujos, derroches, plumas y lentejuelas que hacen brillar su oropel vacuo.
En Bolivia se ha institucionalizado la anécdota y la desvergüenza, poco importa lo que se diga y se haga, lo importante es que haya exactamente eso: pan y circo.
El mandamás que manda al carajo la resolución de conflictos, el debate social y político y prefiere enclavarse en el egocentrismo, la soberbia y la incapacidad para dilucidar sobre los profundos desequilibrios y las injusticias entre los oportunistas, llunkus y nuevos ricos, subyugados por el kitsch de los dólares que todo lo pueden y el aroma de su nueva colonia neoliberal en frasco familiar, y los que día a día digieren su dolor y sus carencias. Los olvidados, los humillados y ofendidos, los que muerden polvo de vejación, incluidos, claro está, los mal llamados discapacitados que demostraron una capacidad de convicción y de lucha admirables.
Todo poder es una conspiración permanente, decía Honoré de Balzac. Por eso también el poder posee una propensión natural a concentrarse y a medida que se agiganta se hace menos benéfico, más corruptor y pernicioso.
La concentración del poder económico se basa fundamentalmente en la concentración del poder político, y viceversa. Son una correlación de fuerzas que obligan irremediablemente a lo que hoy vive Bolivia: un adormecimiento intelectual y de liderazgo que subyace en una estructura política labrada a golpes de martillo y de discursos desfigurados que ya han conseguido el conformismo y la resignación.
Bolivia es el país de la amnesia y la máscara, una suerte de conductas subconscientes que conducen a temores históricos a enfrentarse con su verdadera realidad, con sucesos que obliguen a cavilar sobre lo que somos y lo que pretendemos ser como individuos y como colectividad. En ese afán, es menos complicado sustituir el cuestionamiento y la interpelación, por la negación.
Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, sentenciaba Octavio Paz.
En Bolivia se zapatea el hoy y se farrea el futuro. No son los problemas de faldas, o los supuestos conspiradores, los vendepatrias, los antiimperialista, el chofer, el “falso abogado” o el periodista que enciende las luces los que deben motivar al debate. ¡Es la democracia, estúpido! ¡Las libertades tomadas! ¡La institucionalidad democrática! ¡El respeto al disenso! ¡La alternancia en el poder! ¡El apego a las leyes y la Constitución!
El porvenir en Bolivia se lo asume como viene, poco importa la forma y el fondo. ¡No se lo forja! ¡No se lo construye! ¡Se lo consume! ¡Se lo deforma! Hoy, más que nunca, Bolivia necesita de esa luz reveladora que guíe caminos y abra ventanas para no dormirse la eterna idiotez.
El autor es comunicador.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.
















