Resaca olímpica
Mis memorias sobre olimpiadas pasadas componen una gran nebulosa en mi mente, salvo en el caso de las de Seúl en 1988. Mi hermana y yo salíamos del colegio directo a ver las olimpiadas en la tele, pues también salían al aire para la TV abierta, —más o menos de 12:00 pm a 2:00 pm—. De alguna manera mis registros de Seúl siempre vuelven asociados a la época del año en mi memoria, esas olimpiadas ocurrieron entre septiembre y octubre, la primavera estaba en plenitud con los árboles frondosos llenos de verde y frescura.
Pero todo cambió en las siguientes olimpiadas de 1992 en Barcelona. Lógico. No recuerdo exactamente cuándo irrumpieron las corporaciones de la TV cable acaparando los derechos para la transmisión exclusiva de cualquier acontecimiento relevante entreteniendo a las masas, pero sin duda para 1992 la industria del entretenimiento ya era un monopolio en manos de los dueños del cable. De pronto se distinguía claramente la división de los compañeros de la escuela en dos grupos, aquellos que vivían en casa con TV cable se juntaban en los recreos hablando sólo de eso.
Mis ansias desbordantes por ver las proezas de los gimnastas y atletas olímpicos de Barcelona sucumbieron en un gran desengaño, uno de los primeros que recuerdo conscientemente, ante a los microresúmenes olímpicos que podía ver por televisión abierta sólo algunos segundos al final de los noticieros u otros programas deportivos…
Durante décadas las olimpiadas habían sido otro campo de batalla en la guerra fría. Potentados burgueses y oligarcas comunistas invertían mucho formando a sus campeones. “Lo importante no es ganar, sino competir”, como siempre repetían en la tele y en la radio. Al contrario, lo único importante era ganar, porque los trofeos que cosechaban sus campeones a ellos les servían para tranquilizar a las masas como el alpiste que se arroja a las gallinas cuando están inquietas…
¡Qué contrariedad descubrir cómo la TV cable invertía todo aquello! Desde Barcelona 1992, atestiguar dignamente siquiera en diferido los juegos olímpicos se ha reducido a un privilegio de pocos, aquellos que puedan pagar el cable. Aquellos versos interpelando a las olimpiadas como encuentro para el hermanamiento del hombre, ¿también cayeron al saco roto en Río 2016? Una mirada somera sobre los hechos indica que sí… Otra vez vimos aflorar los nacionalismos de las superpotencias desfilando en los medalleros por ¡China, el Reino Unido, EEUU! como el esclavo que se regocija contemplando la grandeza del amo…
No dispongo de la información necesaria para verter conclusiones definitivas pero, de cualquier forma, los hechos de Río me transportaron al drama de la segunda guerra mundial en el “frente del este”, tal cual lo trasuntó en su diario personal de la campaña aquel campeón alemán de los juegos de Berlín 1936:
“Creí que la rigidez del ‘russki’ (soldado ruso) y el hielo serían eternos, pero ya ven, no ha sido así… Ayer temprano el russki movía los dedos como si fuera un acordeonista acompasando el silbido del viento… ¡Eh russki!, si sigues así, pronto vamos a verte bailar, —le grité del camión—, y todos reímos atrás, mientras el chofer conducía pesadamente a través de la estepa medio anegada.
Por unos instantes pareció que no estábamos aquí, pero la fantasía fue breve y tras las carcajadas, sigue otro largo silencio… Volví a perderme en mis pensamientos contemplando en lontananza sin línea del horizonte, a recordar mis hazañas de otro tiempo, sólo quería creer que yo no acabaría como el rusky congelado que nosotros mismos clavamos como señal en la ruta”.
El autor es economista.
Columnas de JUAN JOSÉ ANAYA GIORGIS



















