El Estado trancapecho
El Estado tranca, que nació como una promesa para destrancar el país, empieza a convertirse en un monumental trancapecho. Se lo sirve caliente, se lo anuncia con entusiasmo y, aparentemente, viene con todos los ingredientes para destrancar el país.
El problema empieza cuando el Gobierno anuncia, promete, dice, enuncia, lanza y propone. El ciudadano, que escucha y espera, engulle todo ese discurso como quien recibe una promesa de solución a corto o mediano plazo.
Cree que aquello que se prometió podría convertirse, finalmente, en una realidad. Pero pasan los días, pasan las semanas y no pasa nada.
Y entonces aparece, como es natural, el efecto trancapecho: un atoramiento por exceso de promesas. Porque no hay garganta que aguante indefinidamente esa cantidad de anuncios sin resultados. Y es ahí donde el Estado trancapecho comienza a hacerse visible: en el estancamiento, pero también en el desprestigio, en el descreimiento y en la desacreditación de un Gobierno que anuncia mucho, promete bastante y concreta poco.
El problema es que entre el Estado tranca y el trancapecho hay una semejanza sospechosamente exacta: ambos pueden ser deliciosos en el discurso, pero si uno se los engulle demasiado rápido, existe el riesgo de quedarse sin aire y atorado.
El trancapecho, como se sabe, no es plato para impacientes. Pan, arroz, papa, huevo, carne, cebolla, locoto y todo aquello que haga falta para convertir un bocado en una prueba de resistencia.
Uno lo mira y piensa: “Qué maravilla”. Y le entra con entusiasmo, da el primer mordisco, luego el segundo, acelera porque tiene hambre y, de pronto, descubre que la felicidad y el hambre con que se zampa el mordisco también pueden atragantar.
Con el Estado pasa algo parecido. Se anuncia un Estado tranca para destrancar la burocracia, acelerar los trámites, quitar vallas, eliminar obstáculos, adelgazar el Estado tranca y poner al país a correr. Pero el ciudadano ya está empezando a descubrir que una cosa es engullir promesas y otra muy distinta digerir resultados.
Porque cuando el discurso se convierte en menú permanente y la realidad sigue servida en el mismo plato de siempre, el problema deja de ser el hambre y pasa a ser la indigestión.
Pero entremos en materia.
La tranca del “Latin Lover” chapareño, Evo Morales Ayma. A estas alturas, su detención parece haberse convertido en una promesa de temporada larga. Se anuncia, se prepara, se comenta, se amenaza, se posterga. Ya está. Ya viene, está próxima, ya se prepara, estamos cerca, es cuestión de tiempo.
¡Guerra avisada jamás mata soldado, su excelencia!
Mientras tanto, el hombre permanece en su territorio tropical, instalado en una especie de carnaval político permanente, entre discursos, fiestones, pachangas, jaleos y pulseadas de poder.
Una detención que nunca llega también es una tranca. Y vaya tranca. Porque mientras el país espera que la justicia haga su trabajo, el expediente parece avanzar con la velocidad de una carreta sin ruedas.
A eso se suma otra tranca, particularmente dolorosa para Cochabamba: el Chapare.
Una región que podría ser uno de los grandes polos de desarrollo productivo, turístico y económico del país terminó convertida, durante años, en un territorio donde el Estado parece entrar con cautela, pedir permiso y salir mirando hacia atrás por temor a que le puedan dar una patada en el trasero.
Y ahí la pregunta resulta incómoda: ¿de qué sirve hablar de un Estado que destranca si no existen las suficientes agallas políticas para destrancar uno de los territorios donde el Estado ha perdido autoridad?
El Chapare podría ser una locomotora. Pero una locomotora con las vías bloqueadas no lleva a ninguna parte.
Otra tranca. Los feriados. Este país parece haberse convertido en un monumento nacional al descanso obligatorio. Salimos de un largo feriado para entrar en otro feriado. Apenas termina uno, ya estamos mirando el calendario para saber cuándo empieza el siguiente.
¡Atención a esta joyita!
Durante los 53 días de bloqueos que afectaron a Bolivia entre mayo y junio, se produjeron feriados nacionales como el del Día del Trabajo y el doble feriado de Corpus Christi.
¿Pero de qué se trata todo esto?
Descansar no es malo. Convertir el descanso en política de Estado mientras la economía necesita producir, invertir y crecer, quizá sí. Porque un país que trabaja a ratos, produce a ratos y se paraliza con entusiasmo difícilmente puede despegar.
Otra tranca. Y quizá una de las más pesadas: la corrupción.
¿Acaso la corrupción no es una supertranca, presidente Paz?
Claro que lo es. Tranca la inversión. Tranca la transparencia. Tranca las licitaciones. Tranca la confianza. Tranca al empresario. Tranca al ciudadano.
Y cuando la corrupción se instala, cada trámite tiene un peaje invisible y cada proyecto una puerta que alguien parece controlar desde dentro.
Después nos preguntamos por qué nadie quiere invertir. ¿Cómo va a despegar un país si antes de poner el motor en marcha el inversor nacional o internacional tiene que preguntar, ¿cuánto costará destrancar las carreteras o las pistas en las que aterrizará la inversión?
Y luego está la justicia. Una justicia lenta, cuestionada, politizada o imprevisible no es simplemente una falla institucional. Es una tranca monumental. Porque sin justicia no hay seguridad jurídica. Y sin seguridad jurídica no hay inversión.
Y sin inversión no hay empleo suficiente. Y sin empleo no hay crecimiento sostenible. Es decir: una tranca produce otra tranca, que produce otra tranca, hasta formar una cadena nacional de trancas.
Las garantías jurídicas y económicas tampoco son un detalle menor. Son la diferencia entre un país donde alguien se atreve a poner su dinero y otro donde prefiere guardarlo debajo del colchón.
Si el inversor no sabe qué ocurrirá mañana con su contrato, su empresa, sus dólares, sus impuestos o sus reglas de juego, ¿qué hace? No invierte. Se va.
Otra tranca. Una hipertranca monumental.
Y hay una tranca todavía más profunda: no saber hacia dónde va el Gobierno. Un país necesita una ruta.
No necesariamente un mapa perfecto, pero sí un horizonte. ¿Qué modelo económico se quiere construir? ¿Qué sectores serán prioritarios? ¿Dónde está la estrategia productiva? ¿Qué se hará con la minería? ¿Con la falta de combustibles? ¿Qué papel tendrá la agroindustria? ¿Qué se hará con el gas? ¿Qué lugar ocuparán el turismo, la cultura, la tecnología y los servicios?Si no existe una ruta clara, el Gobierno puede anunciar diez Estados tranca y veinte planes de destranque, pero el país seguirá dando vueltas en la misma rotonda y sufriendo los efectos de un Estado trancapecho.
Porque también es una tranca no saber adónde se quiere llegar. Y entonces aparece otra decisión que cuesta entender: la desaparición del Ministerio de Culturas y Turismo. Justamente cuando Bolivia necesita diversificar su economía, generar empleo, atraer visitantes, poner en valor su patrimonio, proteger su identidad y convertir sus extraordinarios recursos culturales y naturales en riqueza.
Se eliminan estructuras que podrían convertirse, bien administradas, en instrumentos de desarrollo. Es como tener dos salidas de emergencia y decidir tapiarlas porque ocupan espacio.
El turismo, particularmente, podría ser una de las grandes salvaciones de una economía pauperizada, necesitada de divisas, empleo y nuevas fuentes de ingreso.
Pero necesita promoción, infraestructura, seguridad, conectividad, planificación y Estado. No necesita que lo trancen.
Otro trancapecho, el más reciente.
La discusión sobre la vagoneta Audi del ministro de Economía y Finanzas Gabriel Espinoza, puede convertirse fácilmente en una pelea de marcas, precios y gustos: que si es Audi, que si es Mercedes, que si es una MVB o cualquier otra cosa. Francamente, eso no es lo relevante.
Si el vehículo fue comprado con su plata y dentro de la legalidad, que cada quien se compre el automóvil que le dé la gana. No es el lujo, ni la marca, ni siquiera el precio del vehículo lo que debería escandalizar.
El verdadero problema está en otro lado: en la posibilidad de que el Estado haya sido defraudado mediante una eventual evasión de impuestos, particularmente del Impuesto a las Transacciones. Y ahí la cosa cambia completamente.
Porque mientras el ciudadano de a pie se gana la vida, centavo a centavo, paga sus impuestos, cumple con sus obligaciones y hace malabares para llegar a fin de mes, resulta sencillamente indignante que un funcionario público pueda aparecer involucrado en una operación que, de confirmarse, habría permitido pagar menos al Estado de lo que correspondía.
Estamos frente a un país a trancas y barrancas. Un país que quiere correr, pero tropieza. Que quiere invertir, pero desconfía. Que quiere producir, pero se paraliza. Que quiere justicia, pero la espera. Que quiere turismo, pero desmonta sus instrumentos. Que quiere desarrollo, pero no termina de definir el camino.
Que quiere destrancar el Estado mientras mantiene algunas de sus mayores trancas intactas.
Bolivia ya lleva demasiado tiempo respirando con dificultad. Por eso, presidente Paz, quizá antes de ofrecer otro gran bocado de Estado tranca, convendría revisar la receta.
Porque un país no se destranca con palabras. Se destranca con decisiones y acciones. Y si la idea es verdaderamente quitar las vallas, habrá que empezar por las más grandes.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.




















