Alfredo Domínguez en temple diablo
El nacimiento de Alfredo Domínguez Romero se produjo el 9 de julio de 1938, en Tupiza, capital de la provincia Sud Chichas del departamento de Potosí, fueron sus padres don Cesáreo Domínguez y doña Eleuteria Romero, ambos oriundos de Tupiza, como dice la canción, un pueblo encantado por su naturaleza y la hospitalidad.
Me imagino que su llegada fue como esa estrella vigorosa que tiene que irradiar su luz natural para asomarse lentamente al inicio de su nueva vida. Cuenta su historia que el primer instrumento que interpretó fue construido por su padre, el reconocido artesano tupiceño Cesáreo Domínguez. Desde entonces, Alfredo nunca más se desprendió de tan leal compañera que parecía estar hecha a medida y con todas las notas para triunfar. Su caja de resonancia era la voz que servía de eco para escucharse a sí mismo, para contarse sus secretos y así ambos ser cómplices de los caminos andados en las zafras en pos de mejores días, de los valles tan frescos para respirarlos, o de sus aventuras pasadas con cholitas engañadas.
Es irónico, las contraposiciones en la vida de Alfredo parecían haber acordado una trama tan distinta a la habitual en niños comunes y corrientes, pero Domínguez no era un tipo común ni corriente. Arrastrado por esas paradojas que tiene la vida, decide tomar el rumbo nómada, se envuelve entre las carpas de un circo y se bate en retirada para girar en la rueda del espectáculo. En principio como vigilante pertinaz y cuidadoso del único animal que existía en la familia circense, un mono, a cambio reclamaría un plato de comida que era una retribución, si no justa, por lo menos oportuna para llenar el estómago.
El circo se llamaba “El Panamericano”, era pobre pero honrado. Esa travesía casi mágica para Alfredo duró un año y poco más, en medio yacían aventuras increíbles, como cuando por un golpe de suerte se pudo evitar que el río Pilcomayo se llevase el frágil cuerpo de Domínguez.
El tiempo transcurría como raro espejismo, también para Alfredo parecía tornarse extraño, más aún cuando un buen día se comunicó con desazón a todos de la itinerante comunidad que el clown oficial del circo había caído enfermo con malaria. El dueño de la carpa común de inmediato puso sus ojos en Alfredo, ya lo imaginaba vestido de payaso, con enormes zapatos, una corbata gigante, unos tirantes que permitían amortiguar los golpes de la vida, una peluca para despistar la mala racha y por supuesto una enorme nariz para discernir mejor los aromas de lo cotidiano.
Tras hacerse realidad los deseos del mandamás del circo, Domínguez salió a escenario. La gente se reía mientras el novato no atinaba a hacer ninguna travesura, el público imaginaba que toda esa parafernalia estaba en el libreto y obviamente era parte del show. Los otros payasos tan expertos en el arte de caer al suelo parecía que no arrancaban risas del público, pero Alfredo que jamás había caído en broma en la vida y siempre en serio, hacía que la gente se riera sin saciedad.
Transcurrido algún tiempo, el cuidado del mono no era el único medio para ganarse la vida. Había otra que parecía retribuirle utilidades, los momentos en los que había asistido a la escuela. En el circo nadie sabía leer ni escribir, pero sí tenían familiares que les escribían cartas. Alfredo cobraba por leer y, claro, por responder a esas cartas. Al final se había convertido en un mediador del destino, un intérprete de la realidad ajena que, sin embargo tenía que hacer maromas para interpretar la suya.
De pronto, una vez más se cruzaron los destinos, el de Alfredo tan delicado como humilde y el de la prodigiosa guitarra tan imponente como dominante. Un buen día, mientras el futbolista del equipo celeste se dirigía a sus entrenamientos habituales, se encontrón con su amigo Liber Forti, quien con palabras casi de prestidigitación le espetó: “sé que te gusta el fútbol, pero puede haber miles de futbolistas. El único guitarrista puedes ser vos, dedícate a tu guitarra”. Desde entonces su destino ya parecía ganar el cuerpo de Alfredo, su mente retumbaba de inquietud, de conciencia y de una necesidad de liberar todo ese talento que había cobijado por tanto tiempos.
En 1968 asistió al Festival Folklórico Latinoamericano en Salta. La emoción le asaltó cuando una voz impostada y firme anunció en el escenario que el boliviano, Alfredo Domínguez había sido el ganador de la Medalla de Oro al mejor solista latinoamericano. La suerte estaba echada en bandeja de plata y, claro era momento de reconocer que Forti era un hombre de razonamientos lógicos y de palabras sencillas pero contundentes.
Como una inevitable consecuencia, de inmediato —a la cabeza de Alfredo— se formo el que después sería uno de los conjuntos más prósperos, Los Jairas, lo componían: Gilbert Favbre, Ernesto Cavour y Eduardo Jofré. Era una época de cambio en el ambiente de la música folklórica en Bolivia.
Parece que los elegidos siempre se van más pronto que ninguna otra flor de primavera, se van, siempre se están yendo; del terruño hacia otros lares y de esos hacia una vida más ligera, menos pesada donde sus melodías ya no son escuchadas, sino recordadas, como siempre sucede con los que nos quedamos, aquí en este otro lado del mundo.
Alfredo Domínguez murió en Suiza el 28 de enero de 1980, su voz se apagó incesante, su copla rompió la roca, de esa piedra adormecida, despertando a momentos a su estrella dormida.
Alfredo caminó con sus mágicos encantos por el mundo, fue el destino, dicen los que vivieron mucho. Por supuesto que el destino de Domínguez fue el de ser un hombre de talento, de sensibilidades y de una humildad que le sirvió de arma contra la desesperanza.
La roca ya quedó blanda, pero el vigor va cediendo, Juan ya vive horas extras, un profundo sueño lo va envolviendo, Alfredo Domínguez se va muriendo, Alfredo Domínguez ha muerto.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.





















