“Que muera el enfermo”…

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 28/05/2026

…Esa frase lapidaria no pertenece a un ser humano; pertenece a una criatura vaciada de toda consciencia, degradada a su estado más ruin y primitivo.

No hay metáfora capaz de suavizar el horror de ver una ambulancia frenada por un grupo de energúmenos en un video que circula en redes sociales. En la grabación, una persona cuestiona a los bloqueadores, pidiéndoles que “ayuden” porque se trata de una ambulancia. Entonces, como si se tratara de un disparo a quemarropa, salta la voz de la bestia: “Que muera el enfermo si tiene que morir, claro, estamos en bloqueo”.

El sujeto que lanzó esas palabras frente a la cámara, con una frialdad que estremece el cuerpo, no sintió el menor remordimiento ni el más mínimo destello de piedad ante la agonía ajena. Su voz es la personificación de la miseria humana en su máxima expresión.

Cuando la inminencia de la muerte se convierte en un simple daño colateral para una consigna callejera, la política se termina por completo. Lo que queda es la barbarie pura, el salvajismo expuesto y celebrado en plena carretera nacional.

¿Cómo se explica esta espantosa involución desde la antropología, la psicología o la zoología? No hay ciencia ni tratado académico que pueda justificar semejante podredumbre moral, pero sí existe una explicación histórica para este adiestramiento masivo.

Durante catorce años y más, el país fue sometido a una inoculación sistemática de odio, resentimiento social y división racial bajo el mandato directo de Evo Morales Ayma.

Él es el autor intelectual, el arquitecto de todo este descalabro social y cultural que hoy desangra a la nación.

A sus “movimientos sociales” no se los educó para progresar, para integrarse o para construir un país; se los adiestró minuciosamente para embestir, para odiar al prójimo y para destruir la institucionalidad.

Morales sembró la discordia como política de Estado, convirtiendo el resentimiento en el combustible de su permanencia en el poder. Lo que hoy presenciamos en las carreteras es el fruto podrido de esa pedagogía del rencor: individuos con la mente totalmente contraída, anquilosados en un fanatismo ciego, que retrocedieron siglos en su evolución social y humana. Dejaron atrás cualquier rastro de ciudadanía para transformarse en piezas autómatas de una maquinaria de destrucción masiva.

Son militantes de la muerte que solo responden al llamado del amo, al ataque rabioso y a la venganza irracional.

Aceptar esta cruda realidad exige dejar de lado los eufemismos políticamente correctos y las medias tintas. No estamos ante una crisis de “demandas sociales” insatisfechas ni ante una “protesta popular legítima”. Esto es una decadencia moral absoluta, un quiebre irreversible de la conciencia colectiva.

Es el triunfo del fanatismo sectario sobre la empatía humana más elemental. El tipo ruin que impidió el paso a un enfermo, quizá moribundo, respaldado por la horda que lo rodeaba, opera bajo una lógica estrictamente zoológica: la jauría salvaje que protege con dientes y uñas su territorio, devorando sin contemplaciones al desvalido.

Bolivia atraviesa algo más grave que un conflicto ideológico. Esto ya no es únicamente una disputa de poder, ni una pelea entre oficialismo y oposición. Lo que estamos viendo es el deterioro de la conciencia colectiva, el desgaste progresivo de los valores básicos que sostienen a una nación: empatía, respeto, humanidad.

Durante 14 años se sembró odio como herramienta política. Se educó emocionalmente a generaciones enteras bajo la lógica del enemigo. Se les enseñó que quien piensa distinto merece desprecio, que el adversario debe ser aplastado y no comprendido. Y cuando una sociedad normaliza el resentimiento durante demasiado tiempo, termina perdiendo sensibilidad frente al dolor ajeno.

Eso explica por qué alguien puede mirar una ambulancia y no sentir nada.

No se trata solamente de política. Desde la psicología social, el fenómeno es conocido: cuando un grupo adopta una identidad colectiva extrema, el individuo deja de actuar según su conciencia personal y comienza a obedecer emocionalmente al grupo.

El bloqueo deja de ser una medida de presión y se convierte en un símbolo tribal. Todo lo demás desaparece: la compasión, la razón, incluso la capacidad de reconocer humanidad en el otro.

La antropología también enseña algo incómodo: las sociedades pueden retroceder moralmente cuando el odio se convierte en cultura. La civilización no es permanente. No basta con tener leyes, universidades o elecciones. Una sociedad es verdaderamente civilizada cuando, incluso en medio del conflicto, mantiene límites éticos. Cuando protege la vida por encima de cualquier causa.

Y hoy esos límites parecen haberse roto.

Lo más doloroso es que muchos todavía creen que esto se resolverá únicamente con diálogo político. Pero hay heridas que no se curan con mesas de negociación incluidas.

¿Cómo se negocia la empatía? ¿Cómo se pacta el respeto por la vida? ¿Cómo se reconstruye una conciencia destruida por años de fanatismo, resentimiento y manipulación emocional?

Ese es el verdadero desafío.

Porque el problema no es solo el bloqueo físico de carreteras. El problema es el bloqueo espiritual de una parte de la sociedad boliviana. Personas atrapadas en una lógica donde el adversario ya no es un compatriota, sino un enemigo al que se le puede negar incluso el derecho a vivir.

La pérdida de la sensibilidad en estos sectores es total y definitiva; la ideología totalizante y la sumisión al caudillo se han tragado por completo la dignidad humana.

Frente a este escenario de terror y anarquía, la postura del poder político actual es de una cobardía y una tibieza alarmantes.

Presidente, ¿de qué diálogo me está hablando? ¿Qué se pretende negociar exactamente en una mesa de concertación?

La dignidad de un pueblo no se divide en comisiones ministeriales, el respeto sagrado a la vida no es un punto en un pliego petitorio y los valores civilizatorios jamás se consensúan con delincuentes organizados.

Sentarse a pactar y a estrechar manos con quienes validan la muerte de inocentes como método de presión política no es buscar la pacificación; es una flagrante complicidad. Es ceder de rodillas ante el chantaje criminal de los bárbaros y validar institucionalmente que la vida humana en este país tiene un precio de cambio político o simplemente valen menos que un comino.

El daño infligido a las bases de nuestra sociedad es tan profundo que la tarea de transformar a estos sujetos ruines en seres civilizados parece hoy un desafío titánico, una utopía casi imposible de alcanzar en el corto plazo.

Décadas de convivencia se desmoronaron porque la impunidad rampante terminó por alimentar y empoderar al monstruo.

Quienes diseñaron, financiaron y ejecutaron este ecosistema de odio destructivo, con Evo Morales a la cabeza de la conspiración, deben pagar ante la justicia formal y la historia por cada gota de sangre y por toda la descomposición que provocaron.

No existe reconciliación posible ni perdón social sin una justicia implacable y ejemplar.

Mientras el Estado pretenda seguir tratando como «actores políticos válidos» a quienes actúan como bestias sedientas de poder y destrucción, la sociedad entera seguirá hundiéndose sin frenos en su época más oscura y violenta.

La tolerancia desmedida con la barbarie es, inevitablemente, el acta de defunción de la civilización.

Esta es la verdadera herencia política y cultural que dejó Evo Morales.

No solamente una economía destruida o instituciones debilitadas. También una sociedad profundamente polarizada, emocionalmente intoxicada y cada vez más incapaz de reconocerse a sí misma como una comunidad humana compartida.

Y ahí aparece la tragedia más grande de todas: cuando el odio se vuelve costumbre, la crueldad deja de escandalizar. Empieza a parecer normal. Empieza a justificarse. Empieza a repetirse.

Hasta que un día alguien escucha que un enfermo puede morir y responde, sin temblar siquiera:

“Que muera”.

El autor es comunicador social

 

 

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