Bienvenidos al "Wall Street" cochabambino
No mide ocho cuadras como la célebre calle en el sur de Manhattan, en Nueva York. Apenas es una.
Un suspiro de asfalto que va desde la calle General Achá hasta la avenida Heroínas, abrazado por la avenida Ayacucho.
Sin embargo, hay geografías que desafían a la cartografía. "El universo cabe en una esquina", habría escrito Jorge Luis Borges. Y esta esquina, multiplicada en una cuadra, contiene un país entero y un universo de su microeconomía.
¡Es Cochabamba, la indomable!
Cuando el sol comienza a retirarse con la elegancia de un viejo actor que abandona el escenario, ese pequeño territorio despierta del letargo del día. La noche no se rinde ni sucumbe: atraca, desembarca. Y con ella llegan los comerciantes, los soñadores, los desesperados, los enamorados, los poetas sin editorial, y hasta los locos con doctorado en la calle, los pa'jpacus, los vendedores ambulantes, los cazadores de oportunidades y los fugitivos del salario que nunca alcanza.
No es un único lobo de Wall Street el que irrumpe, son cientos de lobos que anuncian su llegada. Aúllan su venida, se acicalan, se relamen las heridas y comienza su faena sagrada.
Todo empieza a respirar más deprisa. Todo comienza a cobrar vida y sentido en el profundo concepto del lado “B” de la economía formal, del comercio de boca a boca, de oreja a oreja. El más antiguo sistema de la humanidad, el más confiable y efectivo.
Las voces brotan desde todas partes, como si la ciudad hubiera decidido hablar al mismo tiempo. "Caserito", "amigo", "jefecito", "una miradita nomás". Son llamados que parecen surgir del más allá o, quizás, del más acá, donde las urgencias siempre hablan más fuerte que los discursos.
Alguien encargó un perfume; otro, un celular; más allá ofrecen peluches gigantescos. ¿Carteras?, ¿unos audífonos? Una esperanza envuelta en papel de regalo, caserito. O una simple tarjeta telefónica para informar, al otro lado de la línea, que ya se está perfectamente parqueado en el punto acordado.
Porque este no es solamente un mercado.
Es una bolsa de valores popular.
El Nasdaq de los sobrevivientes.
El Wall Street de quienes aprendieron que el capital más importante sigue siendo el interés por la palabra empeñada.
Ningún atardecer es igual al anterior. Se los juro. Cada jornada escribe un relato distinto. La multitud comienza a moverse con la precisión caótica de una colonia de hormigas. Unos corren para alcanzar el último trufi, o el micro colorido. Una pequeña sardina transportando sueños, cansancio y familia; otros, como parte del paisaje vespertino, devoran una hamburguesa descomunal, unas tripitas humeantes o una montaña de salchipapas mientras esperan a alguien que quizá llegue... o quizá no.
Hay quien enciende un cigarrillo para domesticar la ansiedad. O está el beso que espera para dárselo a la novia que sale del colegio. La mano o el abrazo del amigo que aprieta la jornada cumplida.
La charla callejera que se pierde en el fragor del bullicio y la prisa de los tacones de alguna dama que camina ligero porque huye de la oficina y del sillón aburrido.
Hay quienes simplemente esperan en una esquina, no se sabe qué, pero esperan. Quizá, especulo, un sueño, un deseo, un amor perdido o una frustración humillante.
"Los amorosos esperan, hay quienes esperan toda la vida sin saber qué esperan..." Diría el poeta mexicano Jaime Sabines.
Porque esperar también es un oficio urbano.
Entonces irrumpen los bocinazos, los silbidos, alguna madre recordada con escasa ternura y ese taxista o trufista que aparece de improviso, atravesándose como si el Código de Tránsito fuera una obra de ficción. Entonces, como si se tratase de un trueno nacido de las entrañas del minotauro, se escucha un putazo sublime y ensordecedor. La motocicleta frena, la bicicleta esquiva, el peatón salta y, durante un segundo, la muerte pasa rozando el hombro. Después sigue de largo y la vida continúa.
Todavía no era tu hora, balbucearía jadeante el destino para sus adentros.
En medio del bullicio sobreviven los románticos. Esos tercos incorregibles que todavía creen que un ramo de rosas puede remendar una culpa o que un oso de peluche es capaz de decir aquello que la garganta no se atreve. Caminan con el corazón expuesto, como personajes de Benedetti, convencidos de que el amor siempre merece una última oportunidad.
Y de pronto, irrumpe, se hace carne, cuerpo y espíritu esa contraseña mágica y célebre con la que se había acordado previamente entre el interesado y el emprendedor para sellar el negocio del día:
—Nos vemos en las gradas del Correo.
Con esa sola frase comienzan a cerrarse cientos de small business y transacciones invisibles para las estadísticas, pero imprescindibles para la economía cotidiana. Es el punto exacto donde el comercio digital baja de la nube y adquiere cuerpo. Donde el algoritmo termina y empieza el apretón de manos.
Entre las seis de la tarde y las nueve de la noche, esa cuadra se convierte en una verdadera bolsa de valores plebeya. Los compradores llegan siguiendo coordenadas precisas, acordadas previamente por internet o por celular. Caminan mirando rostros, colores de poleras, mochilas, motocicletas, cascos o vehículos.
—¿Eres el de los zapatos?
—Sí.
—¿Hablé contigo para lo del celular?
—No.
—¿Puedo verlo?
—Claro.
El producto cambia de manos.
El dinero también.
Y la historia termina con un sencillo:
—Gracias, case. Te llamo si necesito algo más.
Parece una escena insignificante. Pero no lo es.
Es el instante sagrado del intercambio. El momento en que la confianza derrota, aunque sea por unos segundos, a la desconfianza que consume al país. Todo fue pactado antes en una pantalla, pero el acuerdo se honra frente a frente. Sin contratos interminables. Sin abogados. Sin notarios. Sólo con esa antigua institución que la modernidad nunca consiguió reemplazar: la palabra.
Hay un código de honor que sobrevive y subyace entre desconocidos.
Una ética silenciosa.
Una transparencia nacida de la necesidad.
Quien engaña una vez pierde para siempre el mercado. Quien cumple, vuelve. Así de simple. Así de humano.
¿Recuerdan que les dije que el marketing de oreja a oreja y de boca a boca jamás perdona? Bueno pues ahí está la prueba.
Mientras la macroeconomía se pierde entre cifras, discursos y promesas, mientras el gobierno se “hace un ocho” sin poder explicar el deschavetamiento de los indicadores económicos. El dólar que trepa como un alpinista o la inflación que, cargada de helio se eleva sin clemencia, esta microeconomía mantiene encendida la respiración de miles de familias. Aquí no se habla de índices bursátiles ni de bonos soberanos. Aquí se negocia la supervivencia, el pan del día. El vaso de leche. El pañal sublime y hasta el la salida con la novia, con cena incluída.
Cada venta paga un alquiler, compra medicamentos, llena una olla, hace que el bebé tenga su leche garantizada para el día, o permite que un niño vuelva al colegio con zapatos nuevos.
Quizá por eso esta cuadra tenga algo profundamente literario y humano, a pesar de las microtransacciones, acaso por eso mismo.
Porque, como escribió Julio Cortázar, "andar por las calles es leer un libro que nunca termina". Y esta calle se deja leer cada noche con tinta de neón, humo de anticuchos, bocinas, hamburguesas, tripitas, abrazos, regateos, comercio, mentadas de madre y esperanzas.
Al final, uno comprende que las verdaderas bolsas de valores no siempre levantan rascacielos. A veces apenas ocupan una cuadra. No cotizan acciones; capitalizan confianza. No producen millonarios; producen sobrevivientes. No aparecen en los informes económicos, pero sostienen la ciudad y los hogares cochabambinos cuando los grandes números del gobierno fracasan estrepitosamente.
Ese es nuestro Wall Street cochabambino. Nuestra bolsa mínima de valores bursátiles cotidiana y nuestro valor humano y creativo que permite fortalecer la economía circular y familiar.
Esta es la verdadera explicación del porqué nuestra economía valluna todavía sigue en pie de lucha, vivita y toreando. Porque el/la cochabambino(a) jamás se morirán de hambre, nunca sucumbirán. No claudicarán. Porque poseen los genes del ave Fénix. Caen, se levantan, se sacuden la ceniza y siguen adelante.
Resucitan de hasta 54 días de bloqueos.
Así es la cotidianidad en estos pagos: desordenada, ruidosa, impredecible, irreverente, pero efectiva.
Y, como casi todo lo verdaderamente valioso en Cochabamba, absolutamente humano, demasiado humano.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.















