Prometeo y el águila
Cansancio. Cansancio generacional. Cansancio estacional. ¿Cuál es la posible huida? ¿Tenemos que huir? ¿A dónde? No lo sabemos. Desde que nos dijeron que el mundo es una aldea global, las posibilidades de fuga son inciertas, aparejado a que tenemos las redes sociales donde siempre hay que estar presentes, debatiendo, subiendo el pulgar o bajándolo y dejando fotos de las últimas vacaciones, la cosa parece imposible. En una entrevista titulada “Tratar de ser original es una estupidez” (The Clinic, 2018) el escritor argentino Fabián Casas, autor de Salmón o Los Lemming, afirma: “Carlos Castañeda decía en unos de sus libros que hay que volverse inaccesible. ¿Qué es volverse inaccesible? No gastés las relaciones con los amigos, no gastés las relaciones románticas. No estés todo el tiempo”.
No estar todo el tiempo. El precepto suena a espejismo de desierto, dudo que sea posible huir del influjo de esta permanente necesidad de visibilidad, de tener las mejores antenas para percibir el decurso de cualquier hecho social y entrar, por ejemplo, en la tribuna cibernética como un toro al ruedo. El último escandalete de Ls Kjarkas y su “cara bonita” confirman lo vertiginoso de la agenda mediática y a sus rabiosos detractores.
Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, expone el mito de Prometeo y el águila como una relación de autoexplotación. El dolor de hígado se vuelve indoloro, es más cansancio que otra cosa, un cansancio infinito. En este contexto, estar aburrido o deprimido no es admisible. Cansados como estamos con una buena dosis de irritabilidad generalizada, somos los cuasi atrincherados esperando con una piedra al enemigo real o imaginario.
Chul Han contextualiza la situación afirmando que el sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. Al no estar sometido a nadie, impulsa así su propia autoexplotación, la cual es mucho más eficaz porque va acompañada de un sentimiento de libertad. Víctima y verdugo viven en la misma piel. Al final esta libertad se convierte en violencia, las enfermedades psíquicas de la sociedad, Cochabamba incluida, constituyen esencialmente las manifestaciones patológicas de esa libertad paradójica.
Estar o no estar. Estar. Estar ahí, en el mundo virtual, donde creemos que podemos dejar de ser invisibles, cumplimos todos con la demanda social de andar permanentemente atentos al decurso de cada tema, estresados y diluidos por el agobio, visitando los no lugares y permaneciendo así, atareados por la sucesión de responsabilidades autoimpuestas. Estar presente en las redes sociales es un trabajo y el que se queda afuera, no es. No está.
Ser sujeto disonante tiene algunos caminos de fuga, uno de ellos está en aquello que Casas reivindica, dice: “El ocio y el aburrimiento me parece que son antídotos anticapitalistas. Toda la construcción que hay en el mundo está precisamente tratando de que no te aburras, y me parece muy bueno aprender a cómo estar solo (…) tengo mucho respeto por la gente que no tiene deseos de trascendencia social. Ellos son los verdaderos budistas. La gente que en la noche lava los trastes después de comer, saca a pasear al perro, sale con amigos. Si está en pareja, está en pareja. Si no está en pareja, no está en pareja. Me parece que es una especie de reino”.
Huir no. Estar, para detectar y expulsar al Prometeo interno cuando quiera venir, defender el dolce far niente. Siempre inaccesibles a ese tipo de cansancio.
La autora es escritora y comunicadora social.
Columnas de CECILIA ROMERO