El barquito Pymes va a naufragar

Columna
PUNTOS DE FUGA
Publicado el 04/07/2018

En momentos de preocupación, que son cada vez más frecuentes, me siento como el capitán de un barquito de papel que navega con dificultad en un mar violento, en una noche de tormenta, frente a un horizonte incierto. Los marineros están adentro, con luz y calefacción, y se la pasan bebiendo y cantando, sin inquietarse en cada sacudón. La cubierta se está inundando, pido ayuda y no me escuchan. Hace ya mucho tiempo que todo lo que pescamos alcanza solamente para el consumo de la tripulación. Hay salvavidas para todos menos para mí. No quiero creerlo, pero me parece escuchar la risa de un dios que se divierte con mi sufrimiento. Ante cada blasfemia me cae un trueno, cada vez que estornudo me golpea un ventarrón. No puedo retroceder hacia el puerto de partida, y me daría mucha tristeza saltar de este barquito que se construyó con tanto esfuerzo.

Soy, en realidad, uno de esos empresarios a los que el Presidente agrede en su discurso cada primero de mayo. Ante sus ojos, soy un delincuente que busca robarle al Estado y explotar a los empleados. Pero lejos de ese personaje despreciable, y lejos también de ser el gerente de la CBN, y con ingresos quizás menores a los de un “guerrero digital”, soy nada más que un modesto Pymes, a quien le fue razonablemente bien en tiempos de bonanza –no tan bien como a los funcionarios del Fondo Indígena, por supuesto–, pero que en un escenario de recesión nacional resulta gravemente herido por el golpe del incremento salarial, el doble aguinaldo y la persecución tributaria a la que las pocas empresas legales estamos sometidas.

Este contexto inicuo, sin incentivos para los negocios formales y sin castigos contundentes contra los informales, me hace cuestionar la decisión que mi empresa tomó y que aplica desde su fundación: facturar sin excepción todo lo vendido, ingresar en planilla a todos los empleados, asegurarlos en la caja de salud, pagar sus aportes a la AFP... Estar a derecho con el Estado. En contraste, me parece más grata y relajada la vida que lleva el comerciante de La Cancha que me atendió el otro día cuando fui a comprar un electrodoméstico. Un gordito bonachón, con camiseta, bermuda y sandalias, dueño de una tienda pequeña que tiene detrás un enorme depósito con una verdadera fortuna en mercadería, y que en la conversación me escupió varias veces la saliva roja del chupete que no se quitó nunca de la boca, y al momento de concretar me dijo, sin ninguna vergüenza, que el precio que me ofrecía no incluía la factura. Y son esos los momentos en que cuestiono la carrera que elegí estudiar, el tiempo que invertí en una maestría y el modelo de negocios que sigue mi empresa –y hasta la ropa que visto y los libros que leo–, porque si hay alguien cerca de la prosperidad y lejos de la frustración, es él y no yo.

Además, la pesada mochila que destroza mi espalda está también cargada con varios trabajadores que no rinden, por decir lo menos, y que se mantienen en su cargo amparados por una ley que lejos de otorgar equidad más bien fomenta y respalda conductas irresponsables. La realidad –esto no es novedad, el Presidente lo sabe muy bien– no todos los empleados reman hacia el norte que les señala la empresa. En el ámbito privado también hay pillos como en el entorno público, incapaces y  especialistas en el ping-pong de bolsillo, víboras descaradas, charlatanes y vendedores de humo. Solo que nosotros no podemos despedirlos fácilmente, ni siquiera cambiarlos de cargo, y cuando el caso llega a la Jefatura de Trabajo debemos dar todo por perdido incluso antes de exponer nuestra posición.

Por todo eso y por más, me siento ultrajado cuando el Presidente se va al mundial gastando los impuestos que pagamos con tanto esfuerzo –a veces retrasando el cobro de nuestro propio salario–, o cuando construye un ridículo museo para mostrar sus poleras de fútbol, o ese palacio opulento, que incluye una mansión de playboy para él –el mismo Chito Valle está sorprendido–, con un jacuzzi de agua calma y caliente donde entrará antes de dormir –¿con una copa de champagne, tal vez, Monsieur le Président, o desea quizás un Château Latour?–, mientras que yo, Capitán Pymes de un barquito de papel, comience a naufragar en este mar violento.

 

El autor es arquitecto
lemadennis@gmail.com

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