Cuestiones de fe y la Presidenta
A estas alturas para nadie enBolivia es extraño ver a la presidenta Jeannine Áñez evocar a Dios y pedir a la población que ore para alejar los malos momentos que azotan al país.
Lo hizo ella apenas pisó el Palacio Quemado elevando la Biblia; lo hizo el candidato Camacho mientras duró su paso por la fama previa maquinación a su postulación; y lo hizo el alcalde cochabambino Leyes, incluso tras las rejas acusado de presuntos delitos en la contratación de las mochilas para los estudiantes de la Llajta.
Y si, la población boliviana en su mayoría puede decirse religiosa. Asiste a cultos cristianos o a festividades paganas en masa; reza, realiza largas caminatas por las vírgenes y santos, y pide con fervor que se “hagan carne” sus milagros cuando piden en Urkupiña que las miniaturas de yeso o metal se transformen en pocos meses en chalets y en carros de marca buena y veloz.
Y todo está bien, porque las costumbres mencionadas forman parte de la vida, de la cultura y de la fe de los ciudadanos; y porque se efectúan de manera libre y espontánea. Finalmente, el Estado y la Constitución Política rezan en sus páginas que el país es LAICO, y se presume el derecho a la libertad de culto.
Sin embargo, el momento en que un candidato, político, autoridad edil y mucho más si se trata del primer (a) mandatario (a) de una nación, da el mensaje -por más profundo y puro que fuera- acaba distorsionado.
Más aún cuando en lugar de escuchar un discurso que pregone soluciones, explique planes o proyecciones, sólo incluya pedidos de fe, cuando en realidad es necesaria la voluntad política de decidir algo tan sencillo como la aplicación de una mayor cantidad de pruebas a los pobladores para contener la expansión de la pandemia de coronavirus.
Nadie es dueño de la fe ni de la última palabra. Pero en casos como éste, y con mucho respeto, lo científico apremia, y va mucho antes que la religión, las campañas y la política barata.
La autora es Ciudadana
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