El Chile de Gabriel Boric (I)

Columna
Publicado el 28/12/2021

He dicho en otras ocasiones que la elección en la que Gabriel Boric fue elegido presidente de Chile, cierra un ciclo histórico.

Entiendo por ciclo histórico una sucesión de acontecimientos no previstos que, articulados entre sí, configuran un comienzo, un desarrollo y un final en el marco de procesos de larga duración.

El estudio de los ciclos, para la historiografía, no remite a largos procesos sino a episodios de la historia de una nación. De hecho, los ciclos, en tanto contienen conjuntos de acontecimientos, no pueden ser previstos (un acontecimiento que se puede predecir, no es un acontecimiento) sobre todo si se tiene en cuenta que un hecho lleva a otro. O para decirlo siguiendo al pensamiento de Hannah Arendt, no las causas generan a los acontecimientos sino los acontecimientos a sus causas.

Para poner un ejemplo, cuando Gorbachov llegó al poder en la URSS, comenzó (eso lo pudimos saber después) un ciclo que modificó la lógica de la historia universal de nuestro tiempo. La publicación del libro Perestroika, las reformas económicas en la URSS, el auge de las luchas disidentes, las revoluciones democráticas en los países de Europa del Este y, no por último, el muy simbólico derrumbe del Muro de Berlín, son acontecimientos que redondean un ciclo. No se trataba por cierto de un fin de la historia, pero sí del cierre de un capítulo de una larga historia. Pues bien, eso es lo que ocurrió, visto en dimensión microhistórica, en el Chile donde gobernaba, en su supuesto oasis, el presidente Sebastián Piñera.

Un historiador, chileno o no, podría fácilmente llegar a la conclusión de que desde el estallido social de octubre de 2019, hasta llegar a las elecciones del 19 de diciembre de 2021 que catapultaron a Boric al sillón presidencial, hay un ciclo histórico. Al interior de ese ciclo podemos establecer una lógica que llevó a una cadena de acontecimientos.

Todo comenzó con el estallido social.

El imprevisto estallido social —al que historiadores como Alejandro San Francisco y analistas como Andrés Velasco han entendido como una revolución— irrumpió con un marcado carácter escolar y estudiantil, convocando a amplias multitudes citadinas, difíciles de ser enclaustradas bajo un concepto unitario. Las demandas de las grandes movilizaciones eran diversas e incluso contradictorias entre sí. Allí participaban militantes de los partidos de izquierda y centro, movimientos identitarios (etnia y género), grupos ecologistas, escolares y estudiantes, habitantes de los barrios marginales y, no por último, el movimiento obrero organizado.

En fin, el estallido, o revolución del 2019 (no vamos a pelear ahora por denominaciones) convocó al pueblo a las calles. La gran novedad fue que, de acuerdo con los cánones en rigor, el surgido después del estallido no puede definirse como un movimiento populista. Entre otras cosas, carecía de la quintaesencia de todo populismo: un liderazgo. Nadie, en efecto, podía reclamar para sí su propiedad o autoría. Ni un líder, ni un partido, ni una ideología, ni una organización social. Como siguiendo a un plan, o a una astucia histórica de corte hegeliana, el estallido se construía a sí mismo sin que nadie pudiera precisar sus objetivos finales.

Es cierto, podemos detectar algunas reivindicaciones que en el transcurrir del estallido se convirtieron en emblemáticas. La desigualdad social, el injusto sistema de pensiones, la protesta contra una clase política desconectada de la realidad social, incluyendo al en ese entonces ideologizado Frente Amplio de Gabriel Boric, entre otras. Pero ninguna de estas demandas llegó a ser determinante.

Por momentos, el estallido social parecía desbordarse sobre sí mismo. Una violencia inusitada asomaba en las calles. Como en muchos eventos llamados revolucionarios, la marea popular arrastraba contingentes no siempre marginales y a bandas de grupos organizadas digitalmente, hacia el interior de las luchas políticas. En fin, el movimiento octubrista parecía que no iba a tener ningún final feliz. Fue, sin embargo, en el lugar donde menos se esperaba, donde surgió una alternativa. Los políticos llamados despectivamente tradicionales decidieron abrir un cauce plebiscitario constitucional y constitucionalista al mismo tiempo.

Sin que en un comienzo nadie lo exigiera, la Constitución de 1980, conocida como la Constitución pinochetista, debería ser cambiada por dos razones: primero, por el recuerdo de la dictadura militar, y segundo, como un intento para ajustar la agenda jurídica chilena con las transformaciones sociales ocurridas en el país en los últimos decenios. El 26 de octubre de 2020, el 79% de la ciudadanía dijo NO a la llamada “Constitución de la dictadura”.

Paralelas a las elecciones regionales y municipales del 18 de mayo de 2021 tuvieron lugar las elecciones para designar a los miembros de la Convención. Ese fue el día de la gran sorpresa: los independientes obtuvieron nada menos que 45 sillas: mayoría apabullante. Las elecciones municipales y regionales fueron en cambio para los partidos. Las de la Convención, para los independientes. Una inteligencia colectiva llevó a ese extraño pero lógico resultado, el que puede ser definido con un no escrito lema: “Dad a los partidos, lo que es de los partidos. Y dad al pueblo lo que es del pueblo”. En otras palabras, el estallido social había cedido el paso a la reconstitucionalización política de Chile. Las elecciones presidenciales de diciembre, deberían ser llevadas a cabo, inevitablemente, de acuerdo con el espíritu de la Convención.

El nacimiento de un nuevo “bloque histórico”:

En medio del aparente caos, había comenzado a cristalizar un orden. Primero el estallido, luego el plebiscito, después las elecciones constitucionalistas, para culminar todo en las presidenciales de 2021, donde el espíritu octubrista debería ser sustituido por el espíritu decembrista. En el marco de ese nuevo orden, apareció, ya durante las elecciones primarias, el líder del movimiento constituyente y a la vez candidato presidencial de una izquierda diferente a la antigua. Una izquierda desgajada del tronco político tradicional, constituida por el Frente Amplio como contenedor de diversos partidos y movimientos, más el Partido Comunista.

 

El autor es filósofo, polisfmires.blogspot.com

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