Las reflexiones bajo el molle de Alfredo Medrano
Una de mis primeras lecturas que quizá fueron un interesante detonante en el marco de las posteriores que vinieron, fue el libro “Cuentos perros” (1972) de Alfredo Medrano, allá por junio de 2006. En ese entonces, don Adolfo Cáceres Romero me comentaba que este escritor, periodista y también gestor cultural recién había fallecido y que además en un tiempo atrás, tenia una columna muy picaresca titulada Reflexiones bajo el molle y era necesario que la lea por su escritura picaresca y mordaz. Aquella referencia, más que cerrarse en el recuerdo, me dejó abierta una inquietud que permaneció latente, reapareciendo posteriormente como parte de una interrogación más amplia.
A dos décadas de aquel encuentro, y en coincidencia con el fallecimiento de Alfredo Medrano, ocurrido el 16 de abril de 2006, aquella inquietud se fue materializando en una investigación en continuidad con el interés surgido a partir del estudio sobre Jorge Zabala y del concepto que ha orientado este trabajo, la crítica cultural. En este desplazamiento, Medrano no aparece como una figura aislada, sino como parte de un entramado de intervenciones que, desde el periodismo y la escritura breve, problematizaron las relaciones entre cultura, poder y vida cotidiana.
Es así que, durante el proceso de búsqueda de las columnas de Jorge Zabala, comenzaron a aparecer de manera recurrente textos de Alfredo Medrano y, en paralelo, de Ramón Rocha Monroy, lo que permitió advertir la existencia de un campo más amplio de intervenciones críticas desde la prensa. Este hallazgo, acompañado por el trabajo sostenido en hemeroteca y con la valiosa colaboración de un colega —a quien se agradece el acceso y recuperación de este material—, fue configurando progresivamente un corpus documental que orientó la investigación con particular énfasis en la década de los años 80.
En este contexto, durante el mes de julio del pasado año, se participó en el Encuentro de Bolivianistas con la presentación de los primeros hallazgos de esta investigación. En dicha instancia se expuso la ponencia titulada “Lo popular en disputa: crítica cultural en las columnas de Alfredo Medrano en los años 80”, como un primer ejercicio de sistematización de la investigación en curso, abriendo nuevas preguntas sobre la inscripción de estas escrituras en el campo de la crítica cultural y su posible abordaje desde la historia intelectual.
A lo largo de varios años, Alfredo Medrano, bajo el seudónimo de Urbano Campos, desarrolló una escritura sostenida en el formato de columna periodística, acumulando un conjunto significativo de textos en los que recupera personajes, acciones y espacios de la vida cotidiana. A partir de estos elementos, su prosa no solo traza un retrato de la ciudad de Cochabamba, sino que configura un campo-ciudad en el que se evidencian las interacciones entre lo urbano y lo rural.
Esta producción se sitúa en un contexto de profundas tensiones históricas, marcado por el tránsito entre regímenes dictatoriales y el inicio de la construcción democrática. Esta doble experiencia atraviesa su mirada y le permite registrar, con agudeza, los cambios en las formas de convivencia, las desigualdades persistentes y las nuevas configuraciones de lo social. Así, sus columnas no se limitan a describir una época, sino que advierten las transformaciones —y sus posibles derivas— en las prácticas cotidianas.
En función de este enfoque, puede sostenerse que la mayor parte de sus textos se orientan hacia la articulación de una crítica cultural. Esta no se restringe a una valoración estética, sino que se configura como una intervención situada que problematiza las relaciones entre cultura y poder. Para dar cuenta de esta dimensión, el análisis puede organizarse en torno a tres ejes: los personajes que construye, las acciones que describe y los espacios que configura.
Un primer ejemplo lo podemos encontrar en la columna “Un casco para el sediento” (publicado en octubre de 1985), donde Medrano construye como personaje central a Sebastián García, un trabajador cuyas manos “rudas y curtidas por el trabajo” condensan una experiencia social específica. La acción que estructura el texto —el consumo de chicha— es elevada a un ritual cargado de significados culturales: el pedido de “un casquito, por favor” introduce no solo una forma lingüística, sino una relación afectiva con el objeto, en la que “el diminutivo […] expresa al mismo tiempo solicitud, agradecimiento y placer”. Este gesto se completa con la “ch’alla” a la Pachamama y el acto de beber, configurando una práctica que articula tradición, comunidad y subsistencia. El espacio de la chichería permite, además, introducir una tensión clave cuando el autor contrasta la mirada urbana que denomina “tutuma” con el uso popular: “para el pueblo […] es sencilla y puramente un CASCO”. De este modo, la columna no solo describe una escena, sino que cuestiona la apropiación superficial de lo popular y, al mismo tiempo, visibiliza sus condiciones materiales, señalando que estas prácticas funcionan como “estímulos, narcóticos, alivios” en un contexto de crisis.
Un segundo caso puede observarse en “Busco novia, urgente” (publicado en enero de 1987), donde Medrano recurre a la alegoría mediante la construcción de una voz ficticia: un perro llamado “Otelo”. Desde esta voz, el personaje declara: “La verdad es que no tengo por quién sentirme celoso”, introduciendo un tono que oscila entre la ironía y la confesión. A partir de este recurso, el texto desplaza la atención hacia problemáticas sociales más amplias, como la marginalidad y las políticas de control. En este sentido, la denuncia se vuelve explícita cuando se afirma que las autoridades “hacen de los perros unos simples chivos expiatorios”, cuestionando las medidas de eliminación de animales callejeros. La acción de “buscar novia” funciona como un pretexto que habilita una crítica más profunda a las formas en que la sociedad gestiona aquello que considera excedente. El espacio urbano aparece como un escenario donde estas tensiones se materializan, convirtiendo al perro en una figura alegórica de los sectores subalternos.
Un tercer ejemplo se encuentra en “Risueños cuando vuelven” (publicado en febrero de 1987), donde Medrano dirige su mirada hacia la institución escolar. Aquí, el personaje central es el niño, cuya experiencia se describe a partir de una oposición clara, mientras “vuelven de la escuela […] con la cara iluminada”, su ingreso se vive como una imposición, llegando a compararse con una marcha “al matadero”. A partir de esta tensión, el autor formula una crítica directa al sistema educativo, sugiriendo que “la escuela no pasa de ser una estafa más”. Las acciones cotidianas —levantarse, asistir a clases, esperar el recreo— son reinterpretadas como formas de resistencia o padecimiento. El espacio escolar, en contraste con la naturaleza y el juego, aparece como un ámbito de separación y control, lo que permite extender la crítica hacia las formas en que la modernidad organiza la experiencia social.
En conjunto, estos ejemplos permiten observar la coherencia del proyecto crítico de Medrano. Ya sea a través de la representación directa, la alegoría o la reflexión institucional, sus columnas construyen una mirada que desborda la descripción para intervenir en la realidad. La articulación entre personajes, acciones y espacios configura una crítica cultural situada que hace visibles las tensiones entre lo popular y lo hegemónico.
De este modo, su escritura puede leerse como un archivo de lo cotidiano en el que lo popular no aparece como una esencia fija, sino como un campo en disputa, atravesado por prácticas, representaciones y formas de resistencia que se planteaban en la columna periodística.
En este punto, resulta pertinente recuperar la perspectiva de Raymond Williams, para quien la cultura debe entenderse como un “proceso social total”, en el que se entrelazan prácticas, significados y experiencias en constante disputa. Desde esta mirada, las columnas de Alfredo Medrano no pueden leerse únicamente como piezas periodísticas, sino como intervenciones que participan activamente en la configuración de sentidos sobre lo popular, revelando tanto sus tensiones como sus formas de persistencia.
En este marco, lo expuesto hasta aquí —presentado inicialmente como un avance en el citado Encuentro de Bolivianistas— constituye apenas un primer acercamiento a un corpus más amplio que aún demanda ser explorado con mayor detenimiento. Con este primer pantallazo sobre Medrano, se busca no solo sistematizar estas intervenciones, sino también recuperar la memoria de una forma de escritura que se encontraba en los tabloides, hoy prácticamente extintos.
Leer a Medrano es también un homenaje a esa práctica crítica que hizo de la columna periodística un lugar de reflexión sobre la cultura y la sociedad.
























