
SURAZO
La imposición de su narrativa del “golpe de Estado” es la base de la estrategia política del MAS para permanecer en el poder y eso está por encima de sus diferencias internas. Podrán pelearse, y destrozarse entre ellos, pero repetirán, como letanía, que la renuncia de Evo Morales, del 10 de noviembre de 2019, fue un golpe de Estado.
No es necesario decir que la pelea entre el Gobierno central y Santa Cruz tiene móviles políticos. Esa es verdad de Perogrullo, pero se la debe tener presente para intentar explicar lo que está pasando con el gran embrollo en el que se ha metido el país con la detención de Luis Fernando Camacho.
Los hechos apuntan a etiquetar a 2022 como el año en que comenzó el hundimiento del Cerro Rico de Potosí.
La fiesta grande del fútbol ha terminado. Estará en la congeladora un tiempo muy breve, hasta que pasen las fiestas de fin de año, porque luego se reiniciará con las ligas y todos los apéndices de la FIFA, una de las más grandes mafias del mundo.
Finalmente ocurrió: La punta del Cerro Rico se ha hundido y ya sólo podrá repararse de manera artificial, restándole naturalidad y valor histórico.
El detalle es saber si al gobierno central, que es el principal responsable de su mantenimiento, le interesa reponer la punta o —ya que su complicidad con los operadores mineros ilegales ha quedado demostrada— va a dejar que la legendaria montaña se siga hundiendo, hasta quedar en condiciones de explotarse a rajo abierto.
Los bolivianos que no estamos obnubilados por el canto de sirenas que ha idiotizado a buena parte del país, a favor del partido gobernante, sabíamos que el fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) iba a ser adverso para los intereses nacionales.
Hay varios argumentos para respaldar esa afirmación, pero el más importante es la judicialización del denominativo de “río internacional” en lugar de las “vertientes” o “manantial”, que era el que se utilizaba hasta 2019.
Explico:
El 7 de abril de este año publiqué un artículo con ese título: “Nolala”. Era, obviamente, un juego de palabras con el nombre del Silala, ese manantial que brota en territorio boliviano, potosino para ser más exactos, y del que me ocupé desde que era corresponsal de El Diario en Potosí, hace por lo menos tres décadas.
Potosí se ha cansado de tanto bullying.
En algún momento de la historia, que no pude determinar, pasó de ser la ciudad opulenta y centro de la economía del pasado al epítome de lo malo y despreciable que es hoy.
No recuerdo la edad que tenía cuando, niño todavía, grabé en mi memoria una viñeta de “Cascabel”, la paradigmática revista de humor político que dirigió José Pepe Luque hasta 1971, cuando el gobierno de Juan José Torres lo exilió, furioso por alguna de sus caricaturas.
Potosí está de aniversario y vuelve a festejar después de tres años en los que no pudo hacerlo.
En 2019 estallaron los conflictos sociales con una huelga que comenzó en esta ciudad y terminó con la renuncia de Evo Morales, precisamente en un 10 de Noviembre.
En 2020 hubo confinamiento por la pandemia y en 2021 estallaron protestas regionales. Fue cuando el entonces presidente de la Asamblea Legislativa Departamental encabezó los grupos de choque que intentaron levantar los bloqueos a punta de patadas.

