
ERRAR ES HUMANO
Cuando el cura del templo cayó enfermo, un viento de desolación movió los cimientos que sostenían la fe del pueblo. Por aquel entonces la peste barría con propios y extraños en un mundo preparado para todo, menos para un enemigo que no podía ni ver ni oler.
El párroco no pudo encontrar peor momento para caer enfermo, porque lo hizo justo al día siguiente de una homilía en la que afirmó: “la fe lo puede todo”, y que quedó grabada en la mente del vulgo porque un joven médico que acababa de instalarse en el pueblo, se animó a preguntar:
El pretexto se le presentó cuando el anterior presidente afirmó que el gabinete del nuevo mandatario requería de una mayor presencia de ministros políticos, en lugar de profesionales técnicos.
—¡Se van al carajo! —gritó el viejo.
Por aquel entonces el abuelo había abandonado el cuarto en el que plantó su propio reclusorio, no porque el comentario del expresidente le arrugó la tranquilidad, sino porque las goteras no lo dejaban en paz.
Precisamente fue una situación totalmente cotidiana la que provocó aquel reducido debate. No era que los justificativos de unos no cuajasen con la ofuscación de los otros, pasaba que se enfrentaban los valores morales contra los principios jurídicos.
Se hubiese dicho que hace mucho su espíritu estaba carcomido por un descontento que hoy, a tantos años de su primera Nochebuena, aún bullía con fuerza.
No era que el señor Quirquincho detestaba el sentido de la bondad, ni que cargaba un rencor contra aquello que el mundo consideraba bueno, se trataba de un sentimiento más antiguo y profundo, más puro y real: un auténtico odio por la Navidad. “¿Realmente nos debería gustar una fiesta en la que todos están tan preocupados de comprar esto o regalar aquello?”, se cuestionaba.
Tránsito Pacheco quedó tan preocupada con la noticia, que se lo contó tan pronto pudo a Ruperto Arias, su concubino.
El hombre, que en ese momento ponía la tranca a la puerta, notó el rostro árido, cargado de preocupación que exponía su mujer. Cuando su concubina le contó su amargura, Ruperto Arias no supo si reír o llorar.
—¡Nuestros políticos no tienen ni para comprarse una casita! —sollozó la mujer.
Las circunstancias que habían de darle el golpe fatal a la poca fe que aún tenía Ramón Aruquipa, llegaron al amparo de una obligación inesperada y aburrida. Por aquel tiempo él solía discutir a la sombra de los árboles por la escasa confianza con la que sus compadres hablaban del país y de sus instituciones.
—¡Lo que pasa es que ustedes no creen en su patria! ーsolía reclamar.
La mañana de aquel jueves, Romina Paz se vio sorprendida por la presencia de un nuevo monumento.
—¿Y qué es eso? —le preguntó su hijo Fabián Cuevas con la mirada cargada de intriga.
—No sé —respondió la mujer cuyos ojos escudriñaban el macizo.
Rufino Condori, un viejo sindicalista de la época, había escuchado la pregunta del niño, y sintiéndose desencantado con la respuesta decidió intervenir.
Ponciano Rocabado quedó tan preocupado por la predicción de las hojas de coca que no pudo evitar contárselo a su compadre, Israel Ramírez. Al principio éste le reprendió por estar creyendo en cosas de brujas, pero luego se preocupó cuando Ponciano Rocabado le contó que la coca detalló, con lujo de detalles, las tramoyas en las que ellos andaban metidos.
Masticó su frustración con una mezcla de irritación y antipatía que le llegó al hígado en forma de un sabor ácido y pestilente que le volvió por la garganta a la manera de una afirmación contundente:
—¡Los políticos de hoy son una mierda! —aseveró con severidad Mondragón Soliz. Lo decía con sinceridad y con sentido de suficiencia, porque él mismo, en sus tiempos mozos, ejerció el oficio más odiado del mundo: la política.

