
VUELTA
Con seguridad, en algún momento –en unos días o quizá en unas semanas– los conflictos cesarán, los bloqueos se levantarán y el país volverá a esa “normalidad” que, en Bolivia, nunca es más que una tregua cargada de nuevas amenazas. Porque Bolivia vive en suspenso: nada está resuelto, nada es definitivo y el Gobierno ya se mueve en el terreno inestable de lo imprevisible.
Bolivia es el país del conflicto permanente: a veces por todo y, demasiadas veces, por nada. Lo paradójico es que muchos de esos conflictos “por nada” terminan siendo el detonante de “grandes” cambios e incluso de supuestas “revoluciones”. Es lo inesperado irrumpiendo en la rutina, desordenándolo todo y, de paso, escribiendo la historia.
En el Gobierno hay quienes se sienten satisfechos porque el presidente Rodrigo Paz figura entre los 10 mandatarios más populares de la región. Pero también hay quienes miran con preocupación que esa imagen personal, construida sobre la esperanza de cambio, no refleje la marcha hasta ahora errática de la gestión.
Con el resultado final de la segunda vuelta en las gobernaciones que habían quedado pendientes, queda claro que, salvo Cochabamba, el Movimiento al Socialismo ha perdido influencia en la mayor parte del país.
También queda en evidencia que la victoria de Rodrigo Paz en las elecciones presidenciales de noviembre no se tradujo en la consolidación de un proyecto político con capacidad real de construir hegemonía.
Los cabildos tienen su origen en la época colonial, pero hoy han mutado en otra cosa: grandes escenarios de presión política y catarsis colectiva. Aunque no tienen carácter vinculante, generan climas que muchas veces terminan desbordando los márgenes institucionales.
En la práctica, el cabildo suele convertirse en una competencia de radicalidad. Aplausos para el que pide más, para el que grita más fuerte, para el que propone sin matices patear el tablero democrático.
Una de las manifestaciones más inmediatas de la crisis económica que se desató durante el gobierno anterior fueron los límites impuestos paulatinamente al consumo en el exterior con tarjetas de débito y crédito.
En cosa de meses, los montos máximos se fueron achicando hasta llegar a cero y se canceló la posibilidad de realizar transferencias o efectuar pagos por servicios o productos adquiridos a través de Internet.
La propaganda funcionó mejor que la comunicación en el Gobierno. Cinco meses después, y sin haber logrado asegurar la sostenibilidad de los primeros avances –abastecimiento de carburantes, dólares, inflación, etc.–, el presidente Rodrigo Paz está cerca del podio de los mandatarios con mayor aprobación y popularidad en la región.
Las elecciones subnacionales dejan un saldo negativo y preocupante para el Gobierno. Perdió la gobernación en Santa Cruz y Cochabamba, apostó mal y fue un fracaso en la estratégica alcaldía de La Paz, y tendrá a partir de ahora una gestión con viento en contra en dos de los tres departamentos del eje central.
El narcotráfico es solo uno de los delitos que forman parte del entramado del crimen organizado en América Latina y, posiblemente, uno que en términos de costo-beneficio empieza a perder terreno frente a otras actividades como la extorsión o la minería ilegal.
El presidente Rodrigo Paz viajó a Miami con las valijas plenas de expectativas y ahora las regresa llenas de compromisos en el marco de la estrategia estadounidense de construir un escudo –como el del Capitán América– contra el crimen organizado.
Donald Trump quiere que Estados Unidos vuelva a pisar fuerte en América Latina, después de un largo período en el que cedió influencia al frente cubano-venezolano, a Rusia y, más recientemente, a China.

