
VUELTA
No se trata de defender ni condenar a nadie, pero están sucediendo cosas raras. A un asambleísta se lo detuvo recientemente por un exabrupto, la propuesta de “fusilar a los corruptos”, y otro fue alejado de su partido por una conversación telefónica con el exasesor presidencial Fernando Cerimedo, en la que también se habla de la “muerte” como el eventual costo político que habría que asumir para asegurar la continuidad del Gobierno en medio de los bloqueos de mayo.
Por esas cosas de la política, a veces la debilidad se convierte en fortaleza. Hace apenas dos meses, o menos, el presidente Rodrigo Paz parecía tambalearse al borde del abismo, pero el panorama ha registrado algunos cambios.
Uno de los principales problemas de las autoridades es la tentación de los micrófonos. Por alguna razón, las cámaras ejercen un poder casi hipnótico sobre los recién juramentados funcionarios e incluso algo más sobre los que ya llevan un tiempo en sus cargos.
Mientras el exfiscal Roger Mariaca emprendía el ignominioso camino hacia la ciudad de Potosí para iniciar su detención preventiva de seis meses en una seguramente fría celda de la cárcel de Cantumarca, el nuevo fiscal José Urioste se aprestaba a ingresar al Palacio Quemado para recibir el reconocimiento como máxima autoridad del Ministerio Público.
Con seguridad, a nadie en el mundo le interesa que Rodrigo Paz supuestamente haya ganado la elección del año pasado gracias a TikTok. Es más, en foros como Naciones Unidas debió sonar mal que un mandatario desaprovechara parte del corto tiempo asignado para su intervención para contar que llegó hasta allí gracias a la tecnología y a las habilidades de una de sus familiares.
Sin la anestesia del gradualismo y con un mensajero que estuvo recientemente en el centro de una polémica por corrupción, el gobierno decidió finalmente avanzar en una de las medidas económicas más difíciles y, al mismo tiempo, más previsibles de su gestión: la eliminación del subsidio al diésel.
El problema no es solamente la medida. Es, sobre todo, el momento.
Bolivia quedó fuera del radar en la gira que el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, realizó por América Latina. El funcionario estadounidense fue recibido por el presidente Daniel Noboa en Quito, por Abelardo de la Espriella en Colombia y por la mandataria peruana Keiko Fujimori en Lima.
Si uno se atuviera a la primera versión del Gobierno y las Fuerzas Armadas sobre la tragedia que enlutó a Viacha el viernes pasado, a esta hora no se estaría lamentando la muerte de nueve personas, la desaparición de un número similar y las heridas, de diversa gravedad, que las explosiones provocaron en casi un centenar.
No en uno. En varios. Desde el 8 de noviembre de 2025, el presidente Rodrigo Paz cometió varios errores y desperdició inmejorables oportunidades. De la combinación o superposición de ambos estuvo, lamentablemente, plagado el camino en los primeros nueve meses de su gestión.
A estas alturas puede concluirse que uno de sus primeros errores fue encabezar, el mismo día de su posesión y con un entusiasmo inocente, la caravana de cisternas que supuestamente iba a resolver para siempre el dramático problema del desabastecimiento de combustibles.
Se ha dicho mucho en los últimos días sobre el atentado contra Nadia Beller y la detención del estratega político argentino Fernando Cerimedo, pero, sin duda, el silencio del presidente es lo más significativo y “ruidoso” de todo.
Rodrigo Paz se limitó apenas a expresar su solidaridad con la víctima, pero no comentó nada sobre la gravísima acusación que pesa sobre su asesor principal y menos sobre las denuncias de corrupción que supuestamente involucran a su entorno más íntimo.

