
VUELTA
El costo de no haber detenido a Evo Morales en su momento es cada vez más alto. Los problemas no se circunscriben a la carretera que atraviesa el Chapare, sino a otros puntos del país, la violencia llega a algunas ciudades e, insólito, se conoce de la existencia de amenazas en contra de vocales electorales y sus familias, quienes han planteado una denuncia dramática a través de su presidente, Oscar Hassenteufel: “estamos acosados”.
La más reciente encuesta difundida por Unitel mantiene el suspenso sobre lo que podría ocurrir en las próximas elecciones de agosto. Si bien el bloque conformado por los candidatos de oposición suma más del 50% de los potenciales votos, la posibilidad de que se unan es muy remota.
No hay un candidato que marque una clara diferencia. Samuel Doria Medina y Jorge Quiroga están prácticamente empatados y difícilmente se puede hablar de una tendencia que jale el voto útil hacia uno u otro.
Es un diálogo mentiroso el que han establecido Evo Morales y su heredero, Andrónico Rodríguez. El expresidente dice que el candidato representa a la derecha y el arcismo y el otro le da 24 horas para probar esas acusaciones y, si lo hace, tomar el camino de la renuncia a la postulación.
La confirmación de la postulación de Andrónico Rodríguez a la presidencia en las elecciones de agosto desató un auténtico alboroto político, tanto en filas de lo que queda del MAS, como en el campo opositor.
De uno y otro lado llegaron las críticas. Los detractores partidarios lo acusan de traición y los opositores de ser un falso renovador o, más simple, un lobo disfrazado con piel de oveja.
Rodríguez resume algunas de las características de los tiempos políticos que corren. A saber:
La campaña más efectiva para Andrónico Rodríguez la están haciendo, consciente o inconscientemente, Evo Morales y sus fieles en las federaciones cocaleras del Chapare. Cuanto más atacan al presidente del Senado, mayor es el rédito que obtiene quien hoy aparece como la figura de supuesto recambio del MAS para las elecciones de agosto.
Curiosamente, hasta pocos días antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Ecuador, las encuestas no daban una ventaja importante al candidato de ADN, Daniel Noboa. Parecía que el balotaje iba a ser tan dífícil y apretado como la primera vuelta, cuando la diferencia fue de apenas unos miles de votos y no de más de un millón como ahora.
Nunca estuvimos tan lejos del mar como ahora, pero “qué bien que la pasamos” durante los años en que se alimentó la ilusión de que en La Haya se iba a conseguir lo que durante un siglo no se pudo en la mesa de negociaciones con Chile.
Los gobiernos del MAS alimentaron el cuento de una victoria jurídica en “aguas” internacionales, no solo para distraer la atención de temas mucho más importantes, sino para mantener a los bolivianos en una suerte de vilo emocional, estrategia que les sirvió durante muchos años.
El Gobierno ya no tiene control sobre nada. Perdió influencia sobre los principales movimientos sociales, no puede resolver problemas graves como el desabastecimiento de combustibles, ha roto prácticamente todos los puentes con el sector privado y, por si eso fuera poco, comenzó a mostrar ya las primeras señales de zozobra interna previa al naufragio.
Hablar mal de Evo Morales se ha convertido en el deporte político nacional. Entre los opositores, sobre todo, pareciera que quien más duro es con el exmandatario más derecho tiene a ser considerado como el líder que Bolivia espera luego de casi veinte años del MAS.
Evo se ha convertido en el blanco de todos, incluso de quienes llegaron al poder gracias a él. Sin ir más lejos era muy difícil que, por méritos propios, Luis Arce llegara al lugar que hoy ocupa.
Hasta hace pocos meses se daba por hecho que en las elecciones de agosto próximo el ganador iba a ser un candidato opositor. La división interna, las denuncias y juicios contra Evo Morales y el devastador efecto de la crisis económica sobre la imagen de Luis Arce mostraban a un MAS golpeado y en retirada y a la oposición en la coyuntura casi perfecta como para avanzar sin muchos obstáculos en el camino.

