
VUELTA
La reciente polémica que suscitó la indecisión del vicepresidente David Choquehuanca para vacunarse contra la Covid-19 debería formar parte de un análisis global de las reacciones que ha generado y genera la pandemia en Bolivia.
Cuando la certeza no abunda los pronósticos sirven de muy poco. Es como con el clima: mayormente soleado con chubascos aislados no significa mucho, salvo que si uno sale a la calle de manga corta y sin paraguas regresará a casa muerto de frío y empapado.
Bolivia se ha convertido en un país de pronóstico difícil o, en última instancia, sin elementos que permitan pronosticar algo con cierto nivel de certidumbre o confianza.
Bolivia es un país donde solo los ingenuos pueden sobrevivir sin perder la serenidad y la paciencia. Y es una ingenuidad parecida a la que se mantiene cuando, aun con la certeza de que Santa Claus o los Reyes Magos no existen, seguimos con las tradiciones y creemos en que, en una de esas y por algún tipo de magia, aparecerá el regalo esperado al pie del árbol o debajo de la cama. Aferrarse a lo imposible también sirve.
Hasta bien entrado el siglo XX, en Bolivia los niños solo tenían acceso a un tipo de dulce artesanal elaborado básicamente con azúcar y colorantes. Era la popular chamuña, que todavía se vende en algunos puntos que congregan a los nostálgicos. En realidad, se trata de un sinónimo de dulce, por lo que no es extraño que esta palabra de origen quechua sea parte de la conocida frase “la venganza es chamuña”.
Y la marcha del MAS llegó a La Paz, hubo unos cuantos discursos efusivos, los adjetivos de siempre, una que otra amenaza de las habituales contra empresas y empresarios, y hasta unos cuantos lagrimones presidenciales para agradecer semejante demostración de respaldo, pero hasta ahí.
Para cuando se lean estas líneas seguramente habrá llegado a La Paz la marcha del “reventón” del partido oficial, movilizado en una de sus ya acostumbradas demostraciones de fuerza para ratificar que están unidos —aunque no lo parezca—, que respaldan al presidente Lucho —eso genera algunas dudas—, que siguen a Evo Morales —más dudas— pero, sobre todo, que están dispuestos a lograr que la gente vea que el poder no solo está en Palacio, sino que también se expresa agresivamente en las calles.
No hay nada que hacer, en Bolivia el uso del término rosca siempre tiene una connotación de poder. La tuvo a mediados del siglo pasado cuando en Bolivia se vivió una todavía polémica batalla contra los famosos barones del Estaño, tres empresarios mineros exitosos cuyo legado de prosperidad quedó disperso en todas partes, pero menos en Bolivia.
La teoría del “golpe” promovida por el Gobierno ya no sirve para nada. Durante casi dos semanas ese argumento fue utilizado para descalificar el paro nacional contra la Ley 1386 (Ganancias ilícitas), pero la firmeza de la gente en las calles no solo consiguió la abrogación de la norma, sino también la derrota de la narrativa que a lo largo de más de un año utilizó el Ejecutivo para arrinconar y estigmatizar a sus adversarios.
El informe del primer año de gobierno del presidente Luis Arce se desarrolló entre pitos y pititas. Los pitos opositores no dejaron de escucharse durante toda la intervención del mandatario y los pititas volvieron a las calles del país a librar una desigual batalla con las fuerzas policiales y grupos del MAS conformados para desactivar los bloqueos en diferentes puntos.
¿Qué hacen sueltos los militares por todas partes? ¿Alguna vez hubo actos especiales para conmemorar la batalla de Aroma? ¿Se justifica semejante desplazamiento desde diferentes puntos del país precisamente cuando suben los niveles de tensión política y se gesta una movilización nacional opositora contra la ley rectora del manejo económico que propone el Gobierno?

