
VUELTA
A los masistas de la época de Evo Morales les encantaba levantar el puño izquierdo y llevarse la mano derecha al corazón. Así, no sólo se identificaban con los revolucionarios de la década de los 60, sino que además añadían un toque local producto de la imaginación de su “jefazo”.
El manejo de la economía es una de las principales razones por las que el presidente Luis Arce mantiene niveles de aprobación por encima del 50% luego de más de un año de gestión.
En la visión de corto plazo del boliviano, acostumbrado a administrar la incertidumbre, las cosas están nomás bien o, por lo menos, mucho mejor que en los países vecinos y eso influye en la calificación presidencial.
Hace tiempo que la derecha dejó de existir en Bolivia. Sin propuestas e incapaz de sacudirse los prejuicios conservadores sobre temas como el aborto, las reivindicaciones del movimiento LGBT, los derechos de las mujeres y tímida con relación a las emergencias del medio ambiente se quedó sin ningún atractivo para la nueva generación de electores.
En Bolivia, la derecha no se define por una propuesta, sino por un esfuerzo poco sistemático y hasta gracioso de diferenciación con la izquierda.
El presidente Luis Arce está a punto de perder el mando de la gestión gubernamental y corre el riesgo evidente de convertirse en un mero administrador que actúa bajo las órdenes del ahora llamado comandante Evo Morales. Ya no el protagonista central, sino en personaje de una película dirigida por otro.
Evo Morales se resiste a dejar el poder, aunque en realidad ya lo haya perdido. Es más, cambió de enemigos y ahora dedica tiempo completo a poner obstáculos en el camino de la gestión del presidente Luis Arce. Y aquí ya no es un problema de quién gana las escaramuzas domésticas diarias, sino a la larga de quién pierde la batalla de la percepción pública por las disputas de un “matrimonio” que ya no puede ocultar por más tiempo su crisis.
La tendencia aparente en América Latina o en gran parte de ella es que organizaciones de izquierda —debate aparte si lo son o no— ganen las elecciones. Ocurrió en México, Bolivia, Perú, sorpresivamente en Chile, está muy cerca de ocurrir en Colombia y es casi un hecho que Brasil seguirá el mismo rumbo. Y todo a pesar del catastrófico ejemplo venezolano y de la larga agonía cubana.
Las instituciones estatales más solidas se desmoronan cuando no existen los límites que aseguren su autonomía e independencia y quedan expuesta a un manoseo que termina por socavar sus fundamentos.
El presidente Luis Arce sacrificó un peón para mantener su alfil en el tablero de la partida interna que se juega en el Movimiento al Socialismo, pero posiblemente no haya advertido que su adversario sumó un “caballo” disfrazado de peón para ocupar un espacio más cerca de la casilla del rey.
La brusca caída de la aprobación del presidente chileno, Gabriel Boric, que en sólo dos meses de gestión llegó a menos del 30%, se presta a varias lecturas. Las más tradicionales podrían relacionarse con promesas incumplidas o demandas postergadas, pero parece muy prematuro sacar ese tipo de conclusiones en un tan corto período.
La reciente noticia sobre la participación de altos jefes policiales bolivianos en una especie de cartel internacional del robo de vehículos confirma que la policía es todo menos una institución del orden y que los síntomas de descomposición que muestra son resultado de una enfermedad que afecta a otras instancias y corroe los fundamentos del Estado.

