
VUELTA
El paro de Santa Cruz tiene la virtud de generar un efecto contagio sobre el resto del país. La rebeldía frente a cualquier tipo de imposición es una actitud que se activa esporádicamente, pero cuando se da es muy difícil para el gobierno contrarrestarla.
La oposición social, porque la partidaria es incipiente o de plano no existe, encuentra canales para expresar su posición y asumir protagonismo en la lucha por determinadas causas.
La democracia no es sólo un sistema de gobierno, sino una forma de vida. A veces nos confundimos y creemos que la democracia es sólo cuestión de los políticos y que la ciudadanía poco o nada tiene que ver con las decisiones. Tal vez por ese error es que la mayoría de los políticos son abiertamente demócratas para llegar al poder, más o menos arbitrarios cuando lo ejercen y, en algunos casos, autoritarios e intolerantes cuando tienen que irse.
Ni el más optimista calculaba que la convocatoria del cabildo cruceño iba a ser multitudinaria y menos que las conclusiones retomarían el camino de la presión para exigir, “sí o sí”, la realización del Censo Nacional de Población y Vivienda en 2023.
Es probable que no prospere y que el Gobierno opte por mirar en otra dirección, pero el día del juicio parece haber llegado para el expresidente Evo Morales, 13 años después de haberse realizado el operativo policial en el Hotel Las Américas de Santa Cruz en el que fueron victimados tres supuestos “mercenarios” extranjeros, acusados de planificar el asesinato de los entonces presidente y vicepresidente del Estado.
En la política los tonos y los temas son importantes. Los tonos porque revelan intención y los temas porque definen las agendas. Durante la última semana, Santa Cruz fue la principal caja de resonancia, porque la feria ya es un asunto de todos. No sólo es la exposición multisectorial más grande de América Latina, sino que frecuentemente se ha convertido en el escenario elegido por empresarios y gobierno para exponer sus diferencias.
La cosa va en serio. Los problemas entre el presidente Luis Arce y Evo Morales ya tocaron a la familia y otros asuntos sensibles, por lo que la posibilidad de una reconciliación en el mediano plazo se hace más bien remota. Una relación con cicatrices abiertas termina por ser insostenible y sólo da lugar a una acumulación de susceptibilidades personales y políticas.
Curioso país el nuestro, donde en la alta dirigencia política del partido de gobierno se ha desatado la guerra entre los liwi liwis y los modelos, es decir, entre los que están a punto de caerse —esa es la definición más precisa— y los que se mantuvieron firmes, incluso con trampa, durante casi 14 años.
Parece chiste, pero estamos expuestos a este tipo de intercambio mediático entre quienes, por si fuera poco, tienen la responsabilidad de conducir el país.
¿Si Evo Morales no tuviera nada que esconder entonces por qué hace tanto escándalo por un simple celular? Es la pregunta obvia que se hace cualquiera cuando ve semejante operativo policial desplegado para recuperar el aparato del Jefazo, como si se tratara de una cuestión que afecta o compromete la seguridad del Estado.
¿Tiene algún sentido continuar presionando o asfixiando a los medios de comunicación independientes y fabricando procesos en contra de periodistas?
Para ciertos personajes del Gobierno parece que ésta es una tarea urgente, tal vez porque necesitan ganar puntos en la estima de alguna autoridad e incluso del propio Presidente.
Desmitificar la hoja de coca se ha convertido en una tarea indispensable para todos. Si alguna vez el arbusto fue sagrado es algo que se pierde en la noche de los tiempos y que ahora suena más a pretexto que a respeto por los ancestros.
Hoy es sólo un negocio: legal cuando se trata del uso tradicional - la menor parte - e ilegal cuando se destina al narcotráfico -la mayor parte-. La guerra por ambos mercados provoca violencia, muertes y desolación.

