Hacia el fin de una era histórica
La visita de Obama a Cuba y Argentina tuvo la virtud de poner fin a seis décadas de un extravío histórico que sumió a nuestro continente en una ola de violencia inspirada en fanatismos ideológicos
Aunque todavía son varios los meses que faltan para que Barack Obama concluya los ocho años de su gestión presidencial, la visita que ha hecho la anterior semana a Cuba y Argentina puede ser vista como una especie de broche de oro con el que, por lo menos en el plano de lo simbólico, clausuró una era de relaciones conflictivas entre Estados Unidos y América Latina.
La era a la que nos referimos es la que fue inaugurada tras el triunfo de la revolución cubana en 1959 en el contexto de la Guerra Fría, tuvo su apogeo en los años 70, cuando en nuestro continente se desencadenó una ola de golpes de Estado y dictaduras militares, y tuvo sus últimos estertores durante la última década con un rebrote de una amorfa corriente anticapitalista que está llegando a su fin.
Con ese telón de fondo, no parece casual que el principal gesto de acercamiento de Obama a Latinoamérica haya tenido a La Habana y Buenos Aires como sus escenarios principales. Es que por diferentes motivos, Cuba con sus 57 años de fallido proyecto socialista y Argentina, con sus 30.000 víctimas de la feroz guerra contra la expansión del influjo revolucionario, fueron dos de las máximas expresiones de la polarización entre dos proyectos históricos incompatibles entre sí.
Es también significativo que la visita de Obama a Buenos Aires haya coincidido con la recordación de los 40 años del golpe militar del 24 de marzo de 1976 y que la ocasión haya servido para que, además de reconocer y pedir perdón por el papel que jugó el Departamento de Estado estadounidense en esos acontecimientos, se inicie la desclasificación de los archivos del Pentágono y la CIA. Tales documentos serán sin duda de gran utilidad para comprender los entretelones de la violencia desatada en Latinoamérica en nombre de la revolución inspirada en el modelo cubano, por una parte, y el anticomunismo radical que alcanzó su peor nivel de exacerbación durante los años de la “guerra sucia” en Argentina, por la otra.
Es importante avanzar hacia un esclarecimiento histórico de esa etapa de la historia continental porque una condición indispensable para que se la pueda dar por definitivamente superada es que las partes involucradas –y sus herederos– afronten la verdad sin contemplaciones, por dolorosas que sean muchas de sus facetas.
Una parte principal de ese ajuste de cuentas con la historia corresponde a Estados Unidos y Cuba, pero no toda. Y si bien Obama ha dado un paso trascendental en esa dirección y el gobierno cubano ha hecho también su aporte, ambos con las limitaciones impuestas por sus respectivas circunstancias, lo que ahora cabe esperar es que los demás protagonistas del escenario político continental hagan lo propio.
En la medida en que eso ocurra, en que se asimilen y comprendan las experiencias de las últimas seis décadas, se podrá proyectar un mejor futuro, libre de los desaciertos y las frustraciones del pasado. Avanzar en ese sentido es la mejor manera de rendir homenaje a las decenas de miles de víctimas que durante las últimas seis décadas dejó en Latinoamérica la lucha política inspirada en fanatismos ideológicos y, lo más, importante, es la mejor manera, sino la única, de evitar que las futuras generaciones sufran algo similar.




















